viernes, 18 de mayo de 2012

EL ENERGÚMENO


Durante aquel tiempo de confusión, los vecinos adoraron al horripilante propietario del unifamiliar 52 como a un dios, hasta el punto que, empujados por una fe ciega, transformaron la caseta de telecomunicaciones en una desangelada capilla y colocaron su figura sobre un altar. La talla de mármol negro era una reproducción tan perfecta del Energúmeno, que el atormentado escultor acabó saltando al vacío tras confesar que ya no podría seguir viviendo con aquella espantosa imagen dentro de su cabeza. Profesionalmente, no creo que se le pueda reprochar nada. Se había pasado toda una vida haciendo enanitos para jardines y de sopetón, parió una obra maestra tan brutal que acabó devorándolo.



La estúpida muerte del artista solo sirvió para aumentar el fervor desenfrenado por el Energúmeno. Pronto, la caseta de telecomunicaciones pasó a ser un lugar de culto pagano donde se sucedían las procesiones y romerías desorganizadas de feligreses venidos de todas las urbanizaciones de los alrededores. Fue entonces cuando, el Presidente de la comunidad decidió regular aquel desmadre y estableció normas que convirtieron la devoción espontánea en una obligación. Aun así, al Energúmeno nunca le faltaron unas flores recién cortadas, ni siquiera el día que su negra figura apareció reventada en mil pedazos sobre el suelo de la capilla.



Que yo recuerde, hasta el mismo día del incendio nunca había oído hablar del Energúmeno. En el telediario de aquella mañana, la chica guapa del tiempo dijo que el mercurio superaría los cuarenta y cinco grados. Me dio igual. Como Marilyn, yo también guardaba mi ropa interior dentro de la nevera, así que abrí la puerta del congelar y cogí un calzoncillo escarchado que estaba, cuidadosamente plegado, junto a las longanizas. Me lo incrusté entre las piernas como si fuera un cinturón de castidad. Incómodo, sí, pero refrescante. Salí a la calle y me dirigí caminando, tan ricamente, a mi despacho de Administración de Fincas. El calor ya empezaba a apretar y unas llamaradas de vapor empezaron a salir de mi entrepierna dándome el raro aspecto de un ángel salido. Aunque la prodigiosa humareda iba dejando boquiabiertos a los viandantes, yo seguí caminando como si nada. Si esos tontos supersticiosos no eran capaces de comprender un fenómeno físico de tan simple explicación, no merecían ni una pizca de mi atención.



Al mediodía, se cumplieron todos los vaticinios de la chica guapa de la tele y mi calzoncillo ya templado, no pudo evitar que me desplomara sobre la silla de la oficina. El calor me había noqueado. Andaba pegando las torpes cabezadas de un púgil sonado cuando me sobresaltó el potente aullido de una sirena. Era mi teléfono fijo recién estrenado. Lo miré sorprendido. El manual estaba en inglés pero hubiera jurado que ese sonido no figuraba entre las opciones de llamada. Entonces, el aparato pareció impacientarse y empezó a corretear sobre la mesa del despacho como un camión de bomberos pidiendo paso. Tampoco me pareció haber leído nada sobre aquello y me propuse mejorar mi inglés. Lo atrapé de un zarpazo, y descolgué el auricular esperando encontrar un motivo en cristiano a tanto frenesí, pero solo pude soltar un alarido antes de dejarlo caer al suelo. Estaba más caliente que una tubería de la calefacción en nochebuena. Lo recogí ayudado por la toalla del baño y me lo acerqué, con mucho cuidado, a la cara. Se trataba de la propietaria del unifamiliar 54. Desde luego, hablaba de una forma tan angustiosa que su voz hubiera podido insuflar vida a cualquier objeto. Me contó que el unifamiliar 53 estaba siendo devorado por las llamas y que ya no se podía hacer nada por el niño que estaba atrapado dentro. Ahora, el fuego amenazaba con extenderse a su vivienda. La propietaria me estaba describiendo cómo las paredes medianeras se estaban abombando por el empuje del infierno cuando escuché el estruendo de un derrumbe.



-¡Por dios, haga algo! ¡El humo ya está entrando…no puedo respirar…me ahogo…! -, suplicó la voz desesperada.



 Más afectado que mi propio teléfono, lancé con rabia la toalla al suelo y apreté con fuerza el auricular incandescente contra mi cara.



-¡Hoy nadie va a morir! ¡Se lo juro! ¡La voy a sacar de ahí! -, le grité.



 De pronto, mi tembloroso auricular se hinchó y soltó una bocanada que me envolvió completamente. Los dos interlocutores empezamos a toser rodeados por la misma humareda. Parecíamos una pareja de abuelos atragantados con la sopa. Incapaces de articular palabra, seguimos carraspeando con más fuerza, hasta que, en mitad de aquella situación tan ridícula, me pareció escuchar el milagro de una risa entrecortada que se ahogaba en otro ataque de tos antes de florecer. En ese instante, me hubiera gustado ser el protagonista de un libro de caballerías para entrar en el castillo en llamas y salvar a mi gentil dama. Pero lejos de eso, la línea telefónica se cortó y mi dama fue catapultada, como un pingajo, a otro planeta quedando separados por un profundo silencio. Entonces, mi teléfono fijo se quedó tan frío e inmóvil como un teléfono fijo, y esta obviedad me sobrecogió enormemente.



Había jurado rescatar a la propietaria del unifamiliar 54 del mismo infierno y no sabía ni por donde empezar. La mano invisible de la impotencia me tenía agarrado por las pelotas. Entonces, la extraña sirena del teléfono volvió a sonar. Ansioso, descolgué el auricular, pero esta vez no era la vecina del unifamiliar 54 sino un componente de la “Agrupación Pacífica con Antorchas” que comentó que ante la gravedad de la situación y con la intención de salvar al resto de la urbanización de las llamas, habían decidido preparar un cortafuegos que dejaría aislado el foco del incendio del unifamiliar 53.



-Pero eso…eso significa sacrificar los unifamiliares 52 y 54 -, dije perplejo.



-Correcto -, dijo la voz - y sin tiempo que perder en desalojos. El fuego está avanzando muy rápido y pronto será imparable. En unos minutos convertiremos esos unifamiliares en un par de solares. Como si nunca hubieran existido. Pero usted no se preocupe. Confíe en nosotros. ¡Somos su equipo! - y el representante de la asociación vecinal más cafre del universo habitado, colgó.



Pensé en la desgraciada del unifamiliar 54 y la mano invisible de la impotencia me retorció la huevera con tanta fuerza que me quedé afectado por un extraño síndrome hiperlento de la realidad. Recuerdo, vagamente, haber dicho: “jooo…”, con una sostenida voz de ultratumba, mientras una brillante gota de sudor salía lentamente de mi frente hasta parecer flotar en el espacio, y tras un largo esfuerzo muscular, haber finalizado la palabra: “…derrr”, mientras la gota se terminaba abriendo contra el suelo formando una preciosa estrella de luz.



Metí la cabeza debajo del grifo del baño para recuperar el sentido del tiempo y vi la situación tan clara como el agua que me corría por la cara. Había empeñado mi palabra de caballero y la debía cumplir. Antes de deslizarme hasta el garaje por la barra de puticlub que tengo instalada en mitad de la oficina, eché un último vistazo atrás. La imagen de la toalla del baño arrojada en mitad de mi cuadrilátero no me infundió ningún ánimo, así que la recogí. No estaba dispuesto a rendir un combate que no había hecho más que empezar. Viendo el suelo despejado me sentí pleno. Agarré con fuerza la barra, grité “joder” en el tiempo exacto que cuesta decir “joder”, y desaparecí como un mago de tercera.



Llegué a la urbanización y salí del coche. A codazos, me hice un hueco entre la masa de propietarios y curiosos que se agolpaban para contemplar un espectáculo que los mantenía en vilo. El colosal propietario del unifamiliar 52 estaba acabando, él solito, con el pavoroso incendio. Más grande que muchos hombres juntos, había embestido la puerta principal del unifamiliar 53 atravesándola como una bola de cañón. Tras unos momentos de incertidumbre, el mastodonte había salido a la calle con el niño atrapado que, como un muñequito, había posado suavemente sobre los brazos de su madre. Alguien aprovechó la ocasión para sacar la foto que se haría con el Pulitzer. Aquella imagen de la madre arrodillada delante de su casa ardiendo, con la cara rayada de lágrimas y hollín, besando a su hijo todavía envuelto por el humo, conmovería al mundo. Después, el enorme propietario enganchó con determinación dos mangueras en las bocas de riego y se lanzó al epicentro del incendio disparando chorros de agua a diestro y siniestro. Los bramidos del fuego herido ponían el corazón en un puño. Habitación por habitación, las llamaradas de las ventanas del unifamiliar se fueron apagando de una forma tan ordenada que los presentes pudimos seguir el recorrido triunfal de nuestro héroe como si las paredes fueran de cristal. Finalmente, el unifamiliar 53 fue totalmente conquistado. Con uno de mis calzoncillos helados, aquel tipo hubiera sido capaz de apagar las Torres Gemelas de un soplido. Pero esto no fue todo. El fuego también estaba acabando con el unifamiliar de mi dama. Nuestro paladín no se lo pensó dos veces. Accedió a su interior a través del muro medianero derruido y con la furia de trescientos espartanos, cargó contra los remolinos de fuego que acorralaban a su propietaria. La lucha fue brutal. Épica. El fuego, agotado, se retorció por última vez y volvió a la nada llevándose consigo el secreto que lo había ocasionado. Tras un interminable silencio, la puerta principal del unifamiliar 54 se abrió y, entre la humareda de un show televisivo, apareció el mostrenco cargando a la joven entre sus brazos. El incendio había quedado totalmente extinguido. El gentío empezó a aplaudir histérico como si hubieran tomado tierra con un avión averiado. Tengo que reconocer que ver salir a mi dama abrazada a su adalid, entre los gritos de admiración general, me hirió el orgullo. Estaba claro que como caballero andante era un asco. Lo asumí con tanta naturalidad que empecé a aplaudir como un pasajero más.



Los extraños tiempos que sobrevinieron al incendio, sumieron a la comunidad de propietarios en la edad media más oscura que se pueda recordar. Los vecinos comenzaron a venerar al Energúmeno con un entusiasmo desaforado. Sin embargo, paulatinamente, la fealdad extrema de la figura que debían adorar, fue cambiando la devoción por miedo. Es curioso pero la estética en el culto es tan relevante que muchos vecinos empezaron a echar de menos la serenidad y paz espiritual que transmitían las imágenes compasivas de las esculturas de los santos de toda la vida. Y es que la figura de mármol negro de la capilla daba tal cagalera que el Presidente obligó a los vecinos a entrar por parejas para evitar los raros desequilibrio mentales que habían surgido entre los primeros devotos solitarios. Hasta el técnico de mantenimiento del sistema de telecomunicaciones se negó a acceder a la caseta para realizar una reparación urgente si no quitaban esa cosa que había dentro, y la urbanización dejó de ver la televisión. Un día decidí ponerme a prueba. Me colé solito en la oscura capilla pero en cuanto sentí la inquietante presencia de la contrahecha figura del Energúmeno que, iluminada por la temblorosa luz de las velas, parecía cobrar vida, salí corriendo como alma que lleva el diablo. Cagalera es poco.



El fervor hereje terminó cubriéndolo todo como la tinta de un calamar gigante y ni siquiera al Presidente, que estaba obsesionado por organizar las visitas a la caseta, parecía importarle algo tan esencial como descubrir las causas del incendio. Sin embargo, las piezas del misterio seguían dando vueltas desordenadas sobre mi cabeza. Una mañana, se presentó en mi despacho el farmacéutico del unifamiliar 65 y las piezas empezaron a encajar. Entró, miró de reojo la foto de la madre arrodillada que tenía clavada con unas chinchetas en la pared de la oficina y se sentó al otro lado de la mesa. Fue directo al grano. Me dijo que se iba a producir un incendio fortuito en el unifamiliar del Energúmeno y que yo no debía intervenir o me tendría que atener a las consecuencias. Su amenaza me despertó una curiosidad bárbara. Quería saber lo que él sabía, así que adopté la pose de tipo duro y me arrimé sobre la mesa hasta llegar a la misma cara del farmacéutico.



-Demasiados incendios en tan poco tiempo, ¿no cree? -, le dije clavándole la mirada.



Mi rival ni se inmutó. Acercó su rostro tanto al mío que pronto empezamos a respirar el mismo aire caliente y sentí que era mil veces más fuerte que yo



-¿De verdad quiere saberlo todo? -, dijo con una voz gutural que me cardó los pelos como a un rockero de los ochenta.



Pude haber dicho simplemente que no y santas pascuas, pero dije que sí, como un tonto.



-Muy bien, pues sepa que lo que está a punto de saber, le perseguirá siempre.”-, me dijo.



El farmacéutico se levantó, cogió la silla y se sentó junto a mí. Sacó su portátil de la funda y lo puso sobre la mesa. En seguida apareció el plano de planta de la comunidad donde figuraban todos los unifamiliares, la piscina, la caseta de telecomunicaciones y las demás zonas de copropiedad.



-¿Y? -, dije intrigado.



-Calle y fíjese bien -, me contestó de forma cortante.



Así lo hice y entonces, lo encontré.



-¡Aquí! -, grité señalando con el dedo.



En el lugar de los unifamiliares 52, 53 y 54 aparecía una única construcción que ocupaba las tres parcelas.



-Maneje usted mismo el cursor. Se divertirá -, dijo el farmacéutico.



Así lo hice y se inició una infografía. Empezamos en un aparcamiento lleno de coches de lujo, dimos una vuelta por los exteriores de una enorme mansión repleta de estatuas, y ascendimos por una escalinata hasta quedar parados delante de un gran portón junto a un tío cachas. El paseo había sido de un realismo asombroso.



-Por favor, no se quede ahí parado -, me ordenó – Continúe.



 Situé el cursor y pinché sobre la puerta principal que se abrió de par en par. Entramos en un gran salón donde un montón de tías exuberantes pululaban de aquí para allá, medio desnudas, sobre un decorado de película romana, mientras en el centro bailaba una rubia en bolas deslizándose boca abajo por una barra igualita que la de mi oficina. Todo tan falso como impresionante.



-Esto de la informática es la ostia -, dije mientras notaba un empuje familiar en la bragueta.



Quería ver más. En los laterales del gran salón había una serie de puertas que escondían diferentes cochinadas informáticas. Ya había elegido mi puerta del placer cuando el farmacéutico me ordenó abrir otra que estaba situada justo al fondo del salón. Puse el cursor sobre ella y entramos en una habitación donde varios tipos, todos con la misma cara sonriente del farmacéutico, metían con una pala, montones de billetes en unas bolsas junto a una montaña virtual de dinero que no paraba de crecer. En ese momento, el farmacéutico cerró de un manotazo su portátil dándome un susto de muerte.



-¡¡Ahora entenderá por qué ese cabronazo debe morir!! -, me gritó, y mi erección se desinfló de golpe como un globo reventado por un dardo.



Sublime. Cualquier cosa que hubiera podido imaginar, se quedaba corta. El proyecto del farmacéutico para construir un puticlub en mitad de una urbanización es una de las ideas más brillantes que puedo recordar. Y entiendo que, después de tomarse muchas molestias para provocar el incendio del 53 y para convencer a los descerebrados de la “Agrupación Pacífica con Antorchas” sobre la conveniencia de arrasar los unifamiliares contiguos, estuviera tan cabreado con la heroica intromisión del Energúmeno que había acabado con su montaña de billetes de un plumazo.



Desde que el farmacéutico salió del despacho, me empezó a quemar todo lo que había descubierto. Si denunciaba los hechos mi vida no valdría un pimiento, y si callaba, mi silencio me convertiría en el vulgar cómplice del pirómano. Pero un acontecimiento acabó con todas mis cavilaciones. El Energúmeno se cargó al farmacéutico. Así de simple. Se presentó en la farmacia en mitad de una solitaria guardia nocturna y, aunque el farmacéutico se resistió como un jabato, desapareció sin dejar rastro. Nada fue casual. La propia señora del farmacéutico le había confesado en la cama al Energúmeno, mientras lloraba de gusto en uno de aquellos orgasmos salvajes que la enviaban directamente a la gloria, el malévolo plan que había urdido su marido. Y es que el descomunal miembro viril del bruto no podía permanecer inactivo durante mucho tiempo, así que mantenía un desahogo intrascendente con la esposa de los pechitos desviados del farmacéutico, que terminaría salvándole la vida. Todo hay que decirlo, la guarrilla no veía la intrascendencia por ningún lado. De hecho, estaba tan orgullosa de la divina malformación del Energúmeno, que envió una réplica de escayola al famoso Museo del Falo situado en el pueblecito pesquero de Húsavík, para que todas las mujeres del mundo la pudieran envidiar.



Muy lejos de Islandia, en la farmacia cercana a la urbanización, se vivieron momentos realmente dramáticos. Al grito de: “¡¡mariconazo, sal y dame una caja de condones para seguir follándome a tu mujer!!”, el farmacéutico se despertó y se acercó sorprendido hasta el mostrador donde se encontró, frente a frente, con el gigantesco animal que venía dispuesto a hacer justicia. Aunque se atrincheró en la trastienda, la Ley de Darwin se impuso con toda su crudeza. La verdad, que el tendero desapareciera sabiendo que había sido el tipo más cornudo de la tierra, pudo ser un sufrimiento evitable. Por lo demás, nada que objetar al impecable comportamiento del bruto. Hasta dejó pagada la caja de preservativos que se llevó.



Aquella mañana, el sol se adelantó a su hora para no perderse ningún detalle. Los dos propietarios que, siguiendo el obligatorio orden de visitas establecido por el Presidente, habían tenido que madrugar para entrar en la triste capilla, se encontraron con una estampa que los dejó paralizados. La horripilante escultura negra del Energúmeno yacía esparcida en mil pedazos sobre el suelo. Permanecieron en silencio durante un largo rato sin saber qué hacer. Después, se miraron extrañados. Ninguno de los dos sentía ni una pizca de pena. Es más, una sensación casi olvidada de gozosa libertad empezó a brotar desde lo más profundo de sus seres hasta saciarles completamente. Cuando salieron al exterior se hallaban tan felices y ligeros que tuvieron ganas de extender los brazos y comenzar a volar. Mientras tanto, desde el tejado del unifamiliar 52, una sombra primitiva vio asomarse por la puerta de la caseta a los dos propietarios eufóricos y sonrió satisfecho porque sabía que, también esta vez, había hecho lo correcto. 



En cuanto tuve conocimiento del bienaventurado suceso, avisé al técnico de la televisión y esa misma mañana, todos los propietarios de la urbanización pudieron escuchar a la chica guapa del tiempo anunciar que el calor sofocante que, inexplicablemente, habíamos estado sufriendo durante tanto tiempo, iba a darnos un ligero respiro.

           

lunes, 5 de marzo de 2012

EL RECIPIENTE DE LAS VISITAS


Caluroso y extraño agosto, aquel del noventa y seis. Ahí estaba yo, como los detectives chuletas de las novelas de Raymond Chandler, sentado en una silla en equilibrio, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas cruzadas sobre la mesa del despacho. Seguía sin quitarle el ojo al teléfono. Estaba esperando mi primera llamada de trabajo como agua de mayo. Sin embargo, la llegada del calor estival me había empezado a desanimar. Lógico. Llevaba tres meses encerrado en aquella pequeña oficina esperando a que un teléfono sordomudo dijera algo. Tres, absolutamente solo, cumpliendo un ridículo horario de oficina para nadie. Y todo, porque una puñetera mañana me había levantado de la cama decidido a cambiar mi estupenda vida de crápula por otra diferente, más sensata y juiciosa. Sí, ya sé que es difícil de explicar, pero durante aquellos días comprendí que el camino de la responsabilidad, te puede llevar directamente al precipicio. Yo nunca he estado tan cerca de caer como entonces, cuando quise ser un ejemplo de vida y me convertí en una advertencia.



 Me recuerdo bien, ahí sentado. Sudaba como un pollo y me levanté para estirar el esqueleto entumecido de no hacer nada. Empapado, caminé muy despacito hacía la rinconera que estaba junto a la puerta de entrada y rebusqué con el dedo entre los caramelitos del recipiente de las visitas. Sí, sí, de verdad. A esas alturas de mi retiro, todavía lo llamaba “el recipiente de las visitas”. En fin…dejé de remover decepcionado. Ya no quedaba ningún caramelito de fresa. ¡Vaya faena! Volví a mirar por si acaso, pero nada. Me los había comido todos. Yo, claro. Ahora, solo quedaban caramelitos del empalagoso sabor a plátano. Me propuse que la próxima vez que bajara a la tienda de las chuches, los compraría todos de fresa porque era una majadería no darme gusto cuando allí no venía nadie. Mirando el recipiente de las visitas, tuve la impresión de haber tomado una decisión inteligente para el futuro de mi negocio, y dejé que me embargara una tonta satisfacción que me sentó de maravilla. La supervivencia tiene estas cosas.



En unos segundos, aquella satisfacción se desvaneció sin dejar rastro y volví a sentirme como un mimo atrapado en su propio cubo de cristal. Un cubo sin aire acondicionado y con un gran ventanal por donde entraba el sol a lo bestia. Me encontraba a cincuenta grados y podía ver como las sillas y la mesa del fondo de la habitación, bailaban juntas el “Paquito el Chocolatero” con el desparpajo de un padrino borracho. Sin duda, estaba bajo los efectos de otro espejismo de oficina. Lo normal, supongo. Más cuidado requería el suelo sintético. El sol levantaba unas burbujitas de plástico que había que evitar para no quedarse pegado como una mosca en la miel. En esas condiciones, decidí refrescarme. Estaba más abandonado que un astronauta en la luna, así que me dirigí hasta el baño jugando a dar saltitos a cámara lenta, mientras saludaba con la mano a todos los terrícolas que me estarían viendo flotar desde el mundo habitado. Cuando llegué al lavabo, metí mi cabeza de astronauta debajo del grifo y poco a poco, fui recuperando el aburrido peso de la gravedad.



Algunas veces, me entretenía lanzándole boletas con una goma al San Pancracio que estaba en la estantería. Me lo había regalado mi madre para que me diera suerte, pero había demostrado ser un inútil y había que castigarlo. Como un francotirador entre las ruinas de Stalingrado, preparaba un arsenal de boletas de papel y desde diferentes puntos de la habitación le disparaba sin cesar hasta que lo derribaba. No pasa nada. El rango obliga y San Pancracio debe perdonarme por narices. Es lo que hay.



Pero faltaba poco para que todo cambiara. Estaba ajusticiando a mi Santo preferido cuando sonó el teléfono. Ansioso, me acerqué corriendo para descolgar el auricular pero, en el último segundo, detuve la mano en el aire. El aparato exhalaba un humillo raro. El sol le estaba cascando de lo lindo y parecía un membrillo derretido. Llevaba tres meses esperando esta oportunidad, así que, con decisión, hundí mis dedos en el plástico del auricular y descolgué. Sentí una quemazón salvaje pero conseguí que la conversación se desarrollara sin ningún tipo de alarido animal que resultara sospechoso: “Buenos días, dígame… sí… esta tarde a las cinco, pues le digo…sí que podría ser, sí…casualmente veo que tengo un hueco en la agenda a esa hora…conforme, hasta la tarde, pues.” ¡Milagro! El teléfono sordomudo había hablado. Me puse eufórico pero la alegría es muy rácana cuando llega en los tiempos difíciles. Eché un vistazo a mi alrededor y comprobé que no podía recibir a nadie en una oficina donde, salvo el ordenador que había traído de casa, un cuenco de caramelos y un San Pancracio martirizado, el resto eran estanterías vacías. Antes de las cinco de la tarde, mi despacho debería parecer un ruidoso negocio funcionando a pleno rendimiento o el Presidente de aquella comunidad de propietarios, se buscaría a otro Administrador. Había llegado la hora de la verdad.



 Salí a la calle. Era mediodía y el calor me abrasaba la piel. Caminé varias manzanas hasta llegar a la bendita casa de mis padres y llené dos bolsas de deporte hasta los topes con un montón de libros de la carrera. Volví al infierno de asfalto. Con las dos manos ocupadas, el sudor me corría por la cara como chorros de aceite hirviendo. No podía ni ver la calle. Las bolsas pesaban tanto que creí que perdería los brazos por el camino. Pero conseguí llegar entero a la oficina y achicharrado como un cerdo, volví a usar el grifo del baño como ducha. ¡Buf! Ya había pasado todo. Contento, empecé a situar todos los libros que había traído, pero un rayo me partió en dos al comprobar que tan apenas ocupaban una estantería de las veintitantas vacías. El cálculo de los viajes pendientes era tan sencillo que me empecé a marear solo de pensarlo. Debía seguir, así que respiré profundamente y volví a la calle incandescente. La verdad es que no tengo fuerzas para contar todo lo que pasó después. Me voy a saltar esta parte. Hay mucho horror dentro. Solo os diré que conseguí trasladar cientos de kilos en libros a mi despacho durante esos momentos en los que nadie en su sano juicio saldría a la calle. Fueron los suficientes para llenar todas las estanterías. Allí estaban las enciclopedias completas ilustradas de “Larousse”, de “Santillana”, de la segunda guerra mundial, de la historia del cine, la vida submarina de “Cousteau”, “Viajar por España”, la “Cocina Sana para Hipocondríacos” y hasta mi colección de  tapa dura de la “Espada Salvaje de Conan”. Tomo a tomo, los libros fueron ocupando su lugar en las estanterías. Unos iban metidos con el lomo para fuera y otros, lógicamente, para dentro. También puse cuidado en los detalles. Coloqué recibos de casa de mis padres en las bandejas y hasta tiré dos o tres por el suelo para crear la sensación de desorden organizado. Y por fin, justo a tiempo, acabé. Fui hasta la puerta de entrada y agité el recipiente de las visitas para que los caramelitos de plátano se colocaran en su sitio. Después, me volví y repasé mi obra poniendo la mirada de un desconocido. El escenario para rodar la secuencia era perfecto.



Desriñonado, me dispuse a recuperar el fuelle, pero antes de que mi trasero pudiera rozar la silla, el timbre empezó a sonar de forma insistente. Me acerqué raudo hasta la puerta de entrada, la abrí y estiré la mano para saludar al deseado. Ante mí, a las cinco en punto, pasó de largo un señor gordo con un enorme puro habano que olía a tarde de toros. Se paró ante el recipiente de las visitas y sin mirar, cogió un caramelito. Después, continuó su camino tan decidido que pensé que terminaría dando varias vueltas al ruedo de mi oficina antes de cansarse. Pero en lugar de eso, llegó a la silla del espejismo y se sentó.

- Vamos, vamos, que no tengo todo el día -, dijo impaciente, sin quitarse el puro de la boca -. Soy una persona muy ocupada y mis negocios me requieren. No puedo perder más el tiempo contigo.

Mientras me acercaba a la mesa, pensé que aquella era la primera persona con la que me cruzaba en el camino de la responsabilidad y prometí que nunca me parecería a ella. Ocupé mi sitio y el gordo del puro me miró fijamente: “Necesito un Administrador.” De pronto, como si le hubiera picado una avispa, apartó su mirada y empezó a girar la cabeza de aquí para allá.

- ¡Demonios, en este despacho hace un calor de mil pares de cojones! -, dijo mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo -. ¡No sé como puedes estar aquí, chaval!

Después, se llevó el caramelito a la boca dejando el envoltorio junto al teléfono retorcido que, curiosamente, le llamó bastante la atención.

- Uhmm…muy surrealista. Igual que el famosísimo cuadro de los teléfonos blandos de Dalí, ¿eh? - me dijo en un tono cómplice.

- Esto…sí, sí, claro” - le contesté mirando con disimulo al reloj de la pared que marcaba las cinco y dos minutos. Ni se me ocurriría joder el buen rollito.

El gordo abrió una carpeta y entramos en materia. Comenzó exponiendo la problemática de su comunidad. La verdad es que me encontraba bastante afinado y fui soltando unas respuestas bastante convincentes a todas las dudas que me iba planteando, hasta que me pidió un ejemplar de un balance para ver cómo presentaba las cuentas. ¡Jope! Menos mal que esto lo tenía previsto. Abrí el cajón del escritorio y con decisión, le planté encima de la mesa el tocho que nos había enviado el Administrador de la casa de mis padres. Solo había tenido que quitar la primera hoja donde figuraba su logotipo y grapar otra donde figuraba mi nombre con unas letras tan grandes, que solo me faltaba haber puesto debajo “el más cojonudo”. Al Presidente de la comunidad de vecinos le convenció mi actuación. Antes de despedirse, me ordenó que arreglara el aparato de aire acondicionado: “Así no puedes durar mucho y yo no tengo tiempo para buscarme otro Administrador”, y a las cinco y treinta y cuatro minutos, salió del despacho como un Miura, llevándose medio suelo sintético pegado a sus zapatos.



Cuando recogí el envoltorio del caramelito del Presidente, me llevé una sorpresa morrocotuda. ¡Era de fresa! Lo primero que pensé era que el Presidente debía ser el tipo con más suerte de la tierra. Sin embargo, lo más probable es que su sabor preferido fuera el de plátano y que diera con la única golosina de fresa de todo el recipiente porque no se puede decir, precisamente, que tuviera buena estrella. Una semana después de nuestro primer encuentro, mi Presidente estalló. Sí, sí. El pedo se produjo en plena calle. Estaba aparcando de oído su abusivo todoterreno, cuando el airbag delantero se disparó chocando contra el ardiente puro habano que llevaba metido en la boca. El formidable zambombazo fue recogido por el sismógrafo de un observatorio local que no se explicaba el origen de semejante vibración.



La vida no se ha parado desde entonces. El camino de la responsabilidad me ha privado de unas cosas y me ha ofrecido otras. Ahora, por ejemplo, tengo una nueva oficina en el centro de la ciudad con cortinas y aire acondicionado. Un lujo, vamos. Pero el recipiente de las visitas y el San Pancracio de mi madre siguen siendo los mismos. Cada día, me preocupo de rellenar el cuenco con caramelitos de plátano, sin olvidarme de meter uno de fresa. Luego, vuelvo a colocarlo sobre la mesita de la entrada a disposición de las visitas. Reconozco que no hay un ápice de bondad en este detalle de bienvenida. Lo hago, sencillamente, porque me mata la curiosidad por conocer el infortunio que correrá el visitante que dé con el único caramelito de fresa que se esconde en algún rincón de mi particular recipiente. Mientras preparo mis diabluras, el Santo bueno se tambalea en la estantería. No tiene más remedio que perdonarme, aunque algo me dice que le está costando lo suyo.




viernes, 30 de diciembre de 2011

TERAPIA DE CHOQUE

Ni una sola bombilla de colores iluminaba ya las instalaciones vacías. La luna llena parecía ser la única atracción abierta en toda la feria. Hacía horas que el último niño había cruzado la puerta de salida llevándose toda la ilusión. Ahora, las luces estaban apagadas y el embrujo azulado de la luna había convertido las alegres figuras del parque de atracciones en fantasmas. De pronto, una silueta contrahecha apareció bajo el túnel dentado de la Casa del Terror y se estiró como si despertara de un largo sueño. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Lentamente, salió al exterior hasta quedar recortada por la suave luz nocturna y se dirigió con paso desgarbado hacia una papelera. Rebuscó entre la basura y se llevó a la boca los restos de palomitas y perritos calientes que encontró. Con el estómago lleno, eructó sin miedo a que alguien le pudiera escuchar. Después, balanceando su cuerpo deshilachado, la momia siguió caminando sin ninguna prisa hasta desaparecer entre las sombras de aquel campo santo infantil.



Al día siguiente, la ilusión se volvió a adueñar del parque de atracciones. Las luces se encendieron puntuales a su cita y todos los cachivaches empezaron sus testarudos recorridos sin final. También el trenecito de la Casa del Terror se puso en marcha sin que nadie se percatara de que a su paso por la última curva, un foco se activaba iluminando un rincón vacío. La momia no estaba en su sitio. Ya no regresaría a la Casa del Terror hasta el mismo día de su despedida. Mientras tanto, permaneció escondida en otras atracciones del parque viendo cómo la gente se divertía. Unas veces, se ocultaba en el Túnel de la Bruja y otras, deambulaba como un alma en pena por los pasillos oscuros del Palacio de las Trampas tropezándose con las familias confiadas, que si hubieran sabido lo cerca que habían estado de un monstruo de verdad, se habrían desmayado del susto.  



La momia no se perdía detalle. Le maravillaba observar las caras de alegría de los padres y los hijos que visitaban el parque. Le maravillaba y, a la vez, le desconcertaba porque aquellos visitantes eran capaces de disfrutar con el miedo y el vértigo de algunas atracciones que a él mismo le hubieran acojonado. Sí, le maravillaba y le desconcertaba, pero, sobre todo, le afligía. Le afligía enormemente porque la felicidad ajena que desfila sin dejar rastro, no es buena, y a fuerza de ver siempre lo mismo, la momia empezó a engendrar un sentimiento de soledad tan grande que se le apoderó. Una noche entró en la Casa del Terror, llenó un petate con sus vendas limpias y saltó la tapia del parque de atracciones dispuesto a encontrar una familia.



Un administrador de fincas no puede abrir la puerta de su despacho así como así. Va contra la primera norma del folleto de autoprotección que nos envía cada año el Colegio de Administradores. Sin embargo, lo hice. Y de sopetón. Quería pillar al tontolaba que se había quedado dormido apretando el timbre, y me llevé un susto morrocotudo. Bajo el umbral, apareció un tipo vestido con harapos que avanzó hacia mí con los brazos extendidos preguntando si quería ser su familia. Me entró tal tembleque que si aquella criatura no me hubiera abrazado, me habría plegado como un muñeco. Pero me abrazó y permanecimos un buen rato apretados el uno contra el otro. Entonces, se produjo un fenómeno de difícil explicación. Sentí como una misteriosa conexión iba acompasando nuestros ritmos cardiacos hasta terminar palpitando como un solo corazón. En ese mismo momento, con los ojos inundados de lágrimas, la momia me llamó papá.



Lo sé, lo sé. Para mear y no echar gota. Sin embargo, tengo que reconocer que fue muy emocionante. Y todavía me faltaba por escuchar su historia. Comprobar el ingenuo deseo por conocer el cariño de un desgraciado que había estado encerrado en la fantástica mentira de un parque de atracciones me pareció tan tristemente poético que decidí ayudarle, como haría un buen padre de familia. Lo primero era encontrarle un hogar adecuado. Desde luego, solo imaginar la cara de espanto de mi mujer al verme entrar en casa con aquella momia inmadura llamándola mamá, me producía un escalofrío que para qué os quiero contar. En cuanto, a los amigos, si se pueden contar con los dedos de una mano y sobran dedos, no veía ninguna extremidad capaz de llevarse a mi criatura a su casa. En fin, parecía claro que el hogar natural de aquella momia de feria no podía ser otro que el parque de atracciones de donde escapó. El caso es que la momia no quería volver ni atada. Pensé que una terapia de choque le ayudaría a convencerse por ella misma. ¡El infierno me devorará mil veces por lo que hice! Meter en una reunión de vecinos a alguien que no ha salido en su vida de un parque de atracciones es una burrada supina. Tanto como ponerle la peli “Holocausto Caníbal” a un niño de cinco años. Pero ya no hay remedio. Mil veces es poco.



Nos sentamos en la mesa presidencial y esperamos la llegada de los vecinos. Poco a poco, la sala parroquial se fue ocupando y a las ocho en punto de la tarde, pasé lista y comenzamos la reunión. Habían acudido catorce tipos que exhibían el aspecto cafre de quien se divierte levantando vigas de hierro para doblarlas con los dientes. Tras presentar a la momia como un compañero de despacho que se había caído al tanque de las pirañas carnívoras del zoo, entramos en materia. El único punto del orden del día de la citación trataba sobre la posible reclamación judicial a un moroso de la comunidad. Afortunadamente, el mal pagador no apareció por allí porque sus convecinos le habrían sacado los ojos. Su deuda era tan elevada que había sido necesario emitir una derrama al resto de los propietarios para poder mantener los servicios básicos del edificio. Y para remate, tenían que soportar que con la pasta que no pagaba a la comunidad, se montara cada noche, unas fiestas del copón con un puñado de chavalas de revista. Mientras los propietarios asistentes debatían la propuesta, una viejecita entró tímidamente y se sentó en la última fila de la sala. Pensé que se habría confundido ya que el rezo del rosario se celebraba en la sala contigua. No quise interrumpir el desarrollo de la reunión. Ya se marcharía cuando se diera cuenta del error. En un momento del debate, todos callaron y uno de los mostrencos me preguntó qué otro camino teníamos para cobrar la deuda, aparte de la vía judicial. Ni siquiera a aquellos torpes se les escapaba que la reclamación judicial es lenta, cara, imprevisible, y muchas veces, injusta. Pero es la única opción para evitar las bofetadas, que yo sepa. Cuando en alguna otra reunión similar se planteaba esta pregunta, poniendo una sonrisa cómplice, siempre soltaba el misma comentario irónico: “¡Ah, sí! Hay una alternativa a la reclamación judicial que es infalible. Se coincide con el moroso en el ascensor y se le da un buen sustillo.” Esta observación ocasionaba las risas de los asistentes que, definitivamente, veían claro que el único camino civilizado para cobrar una deuda impagada era la refinada vía judicial. Sin embargo, en este caso, mi truco dialectico no funcionó y el silencio consiguiente me heló la sonrisa de la cara. Los brutos se miraron unos a otros con gesto de satisfacción. Habían escuchado lo que querían oír. Uno de ellos se puso de pie chasqueando los nudillos y arengó al resto: “¡¡Hagamos lo que nuestro Administrador dice!!”, y todos los bárbaros empezaron a aplaudir y a soltar alaridos. En ese momento, un grito furioso se escuchó por encima de todos los demás: “¡¡¡A muerte!!!”. ¡Jope! Había sido la abuela del fondo agitando un brazo amenazador que dejaba ver una calavera tatuada. Desde luego, la vieja estaba en la sala correcta porque aquello iba a acabar como el rosario de la aurora. El estallido de rabia contenida enloqueció a todos los vecinos. Algunas sillas volaron sobre nuestras cabezas y se estrellaron contra la pared provocando un enorme estrépito. La momia, acostumbrada a la felicidad perenne que siempre le rodeaba, empezó a temblar como un perrito abandonado y se escondió debajo de la mesa. Me puse de pie e intenté hacerme oír con todas mis fuerzas: “¡¡Por dios, escuchad!! ¡¡Todo era una broma, todo era una broma!!” Pero daba igual. Fue inútil. Ni me oían, ni me querían oír. “¡Nuestro Administrador ha hablado!”, gritaban una y otra vez. En plena algarada, los catorce energúmenos abandonaron la sala parroquial, liderados por la vieja de la calavera. Salían de safari. Aún pude escuchar una última voz alejarse por el pasillo de salida: “No esperemos más. Esta noche cuando baje la basura…” Después, se hizo el silencio que solo era roto por los sollozos de la momia que se estaba descosiendo con tanta tembladera.



Me desplomé en mi silla presidiendo una sala revuelta y vacía. Una chusma encolerizada la había desocupado para ir a destrozar a un tipo que, personalmente, no conocía de nada. Ya podía leer los titulares en la sección de sucesos del periódico del día siguiente: “Administrador sin escrúpulos instiga a los vecinos para que despanzurren a un moroso”. Estaba desesperado. En ese momento, entró el cura para cerrar la sala y me pareció la imagen celestial de un santo de cara borrosa. Necesitaba escuchar una palabra amable. Le cogí la mano con devoción: “Padre, haga algo. Van a destripar a una persona y me van a culpar de todo a mí”, le dije con la voz afónica. “Sí, sí, Te tendré presente en mis oraciones, hijo”, dijo sin ningún tipo de interés, y continuó: “A propósito, ¿quién me va a pagar las sillas rotas?”. No pude contestar. Solo pagué. Apesadumbrado, salí de la parroquia cargando a cuestas con mi momia traumatizada. Caminé calle abajo soportando el peso de la soledad sobre mis espaldas. Estaba seguro que aquellos eran mis primeros pasos como fugitivo en busca y captura.



Este trabajo es más bien facilón. Basta con poner cara de estreñido cada vez que te enfoca el punto de luz al paso de uno de los vagones. Es un poco repetitivo pero eso es lo de menos. Lo más importante es que dentro de la Casa del Terror nadie me va a encontrar. La momia me ha cedido su lugar sin pedir nada a cambio. Como un buen hijo.



Cuando las bombillas de colores se apagan, salgo cuidadosamente de mi escondite y me encamino hacia nuestro banco. Allí, siempre me está esperando la momia con una sonrisa. Envueltos por la mágica luz de la luna, le cuento otra de mis historias sobre el mundo exterior. Ella me escucha atentamente y después, me hace un montón de preguntas tan simples que, algunas veces, me cuesta encontrar una respuesta. Y así, las noches de verano van transcurriendo de una forma tan agradable y sosegada que me cuesta recordar mi vida anterior.



Esta noche, mi amigo me ha dicho que es completamente feliz en su hogar. No lo sabe, pero era cuanto esperaba escuchar. Se lo debía. Significa que mi tiempo en el parque de atracciones se ha agotado. Cuando nos levantemos de este banco, le daré un abrazo y desapareceré sin decir nada. Aun así, le acabo de prometer otra historia para mañana, y la tendrá. Será mi propia ausencia la que le enseñe la última lección que necesita para continuar su vida solo. Para entonces, yo ya habré saltado la tapia del recinto y me encontraré buscando otro refugio, muy lejos de aquí.

           

sábado, 22 de octubre de 2011

EL ALUCINANTE Y ESCANDALOSO REGRESO DE MI TÍO VALENTÍN

El día que palmó, a mi tío Valentín le quedaba tanta vida que la muerte no lo pudo matar del todo. De hecho, es la única persona que conozco que ha estado en el cielo y ha vuelto para contarlo. Hace unos días, sin ir más lejos, se presentó de nuevo en casa de mi tía para comer. No lo pudo hacer de cuerpo presente como a mi tío le hubiera gustado porque mi tía, que barruntaba su regreso, se había empeñado en dejarle bien incinerado. Aun así, mi tío Valentín volvió. Con dos cojones. Justo a la hora de comer.


Lo reconozco. A mi tío le achicharramos en un horno como si fuéramos bárbaros. Si por nosotros hubiera sido, le habríamos enterrado en un hoyo como dios manda, pero nadie se atrevió a contradecir a mi tía. “¡Al fuego y que no se hable más!”, dijo en plan sargento. “¡El sinvergüenza de vuestro tío no volverá a ponerme los cuernos ni en esta vida ni en ninguna otra!”. Fue su última palabra, así que al apuesto de mi tío Valentín le enviamos al cielo hecho unos zorros para que las ninfas celestiales no se fijaran en él. Fue la voluntad de una mujer despechada. Amén.


A mi tío Valentín le quemamos el mismo día que se despidió de todos en la cama del hospital. “Hasta luego, familia”, dijo en un tono jovial, y se quedó tieso con los ojos abiertos como platos. Todos nos miramos perplejos sin saber qué hacer. Lo que pasó después, es difícil de contar sin sentir un escalofrío. Cuando mi tía se estaba acercando para cerrarle los ojos, mi tío Valentín, sacudido por un coletazo de vida, levantó una mano y la mantuvo suspendida con el dedo índice extendido. Todos dimos un grito y nos quedamos mirando el dedo que se empezó a mover lentamente como la luz de un faro. Con la cadencia serena de un muerto, nos fue apuntando uno a uno, mientras nosotros, en medio de un fenomenal revuelo, buscábamos un escondite por la habitación como si nos fuera a disparar, hasta que, finalmente, el dedo acusador se paró señalando a mi tía. Después, mi tío Valentín se llevó la mano muerta a la cara y él mismo se cerró suavemente los ojos para quedarse tan quieto y estirado como al principio. “Asegúrese bien de que está muerto”, le dijo por tercera vez mi tía al médico que había acudido al timbre de avisos. “Señora, le puedo clavar un puñal en el corazón si quiere, pero le insisto que está más fiambre que mi abuela”, le contestó el facultativo. “Solo le digo que se asegure, que éste nos vuelve”.


Todos los familiares nos reunimos en la sala donde estaba el horno crematorio, esperando el momento solemne de la incineración de mi tío Valentín. Entró un empleado de la funeraria que parecía una fantasía animada. Tenía la inteligencia justa para pasar el día, pero hay que reconocer que cachondo era un rato. Se situó en mitad de la habitación y empezó a contar chistes y anécdotas, haciendo gala de un especial desparpajo. Al principio, a todos nos pareció que aquello estaba fuera de lugar. Sin embargo, poco a poco, nos fuimos sintiendo más cómodos. Francamente, aquel majadero nos ayudó a soltar toda la tensión acumulada. El ambiente se volvió tan desenfadado que hasta cantamos “es un muchacho excelente, es un muchacho excelente…”, agarrados como un equipo de fútbol. Más que una incineración, aquello parecía un fuego de campamentos. Después, el empleado cachondo, nos reunió junto al horno y comenzó una cuenta atrás que fue coreada por toda la familia. En pleno jolgorio, apretó el botón de ignición y sin mediar palabra, se fue rápidamente de la habitación pegando un portazo. El irreversible proceso de combustión se había iniciado. Toda la familia enmudecimos y nos miramos descolocados. Al portazo le sucedió el silencio más profundo que puedo recordar. Aunque después pudimos comprobar que aquella singular terapia festiva figuraba en la modalidad de contrato que habíamos firmado con la funeraria, la ceremonia nos dejaría  a todos un sabor de boca tan extraño que nunca más hemos vuelto a comentar aquel episodio. Eso sí, a mí no me pillan en otro entierro con animador ni por casualidad. 


 El horno se puso inmediatamente al rojo vivo y mi tía se aplastó contra el ojo de buey para no perderse nada. Había solicitado expresamente que metieran a mi tío en el horno sin caja para evitar gastos inútiles. Yo, sinceramente pienso que mi tía no lo hizo por ahorrar, sino para deleitarse contemplando cómo todo el vigor muscular que mi tío había entregado tan generosamente a cualquier hembra que no fuera ella, se convertía en puñeteras cenizas. No hace falta decir que a los demás ni se nos ocurrió acercarnos al ventanuco. Es más, el calor empezó a ser tan intenso que nos tuvimos que separar unos cuantos metros del horno para no terminar como una patata frita. Sin embargo, mi tía aguantó abrazada al volcán como una campeona. Tan entusiasmada estaba, que ni se dio cuenta de que se estaba quedando pegada al cristal. Todos sabíamos lo que pasaba por su cabeza y nadie tuvo narices de interrumpir su momento. “¡Espectacular!, ¡grandioso!, ¡más...más…!”, gritaba enloquecida mientras se restregaba contra el horno abrasador. ¡Cómo la gozó! Yo creo que tuvo el orgasmo que siempre le negó mi tío en vida. No exagero. Hubo que utilizar la rasqueta para separarla del ojo de buey y todavía gemía de placer. En mitad de sus voluptuosas sacudidas, ni se podía imaginar que su marido, perfectamente incinerado, volvería para pedirle explicaciones por la sopita de cocido envenenada que, días atrás, le había servido para comer.


El primer impulso de mi tío Valentín cuando llegó al cielo, fue volver a la tierra para sacarle los ojos a su mujer, pero un santo bastante enrollado le hizo comprender que la venganza le haría un desgraciado para toda la eternidad. Aquel santo fluorescente le aconsejó volver para perdonar y alcanzar su mismo sosiego espiritual. Plenamente convencido, mi tío decidió regresar con la intención de escuchar tranquilamente a su mujer y echar pelillos a la mar. Al fin y al cabo, le esperaba la felicidad perpetua de todos los santos.


Las cenizas de mi tío Valentín se amontonaron cuidadosamente sobre una silla junto a la mesa del comedor. El gran Houdini hubiera vendido su alma al diablo por conocer el truco de semejante prodigio. El caso es que no había truco. Sencillamente, mi tío se había colado por una rendija de la puerta y se había apilado en una silla para esperar a mi tía. Echó un vistazo a su alrededor y se emocionó al volver a ver la foto de su boda colgada en la pared. Se fijó en la mata de pelo que lucía y se avergonzó. Ahora no era más que una montañita de polvo. Eso sí, podría competir con las cenizas del puro habano más selecto del mercado y seguiría siendo el rey, pero ya no era lo mismo. En cuanto a su mujer, nunca estuvo más guapa que entonces. Suspiró profundamente y echó de menos la época del pelo.


Escuchó la cerradura de la puerta. Su mujer estaba entrando en casa. ¡Tenían tantas cosas de que hablar! Ansioso, pensó que lo mejor sería comportarse de la forma más natural y campechana posible. Cuando mi tía entró en el comedor, la montañita de residuos orgánicos que estaba apelotonada sobre la silla, la saludó como si nada: “Hola, pichoncito. Vengo con un hambre que me muero. ¿No te quedará algo de la sopita del otro día?”, y le guiño un ojo en un gesto de complicidad que pasó totalmente desapercibido.  


Mi tía se puso roja de pura rabia y soltó un chillido grandioso. Su presión sanguínea aumentó tanto que todas las ampollas y quemaduras que llevaba en la cara, se le reventaron a la vez, poniendo perdidas las cuatro paredes del comedor. ¡¡Otra vez tú, maldito!! berreó con la voz gutural de un zombi escapado de una película de dos rombos. Entonces, se agarró los bajos de la falda y salió echando leches del comedor mostrándole sus garrillas arqueadas y aquellos calcetines blancos de tenis que no se quitaba ni para dormir. Mi tío Valentín se quedó pasmado. Encogido sobre la silla, se puso a contemplar  como un pegotillo viscoso resbalaba sin prisa por el cristal de la foto de la boda y le invadió una pena tan grande que en la época del pelo, hubiera roto a llorar como un niño. Retiró la mirada y pensó que, a lo mejor, no había sido tan buena idea regresar. De pronto, bajo el umbral de la puerta, apareció mi tía armada con un aspirador. Con el movimiento enérgico del rockero que pega un guitarrazo en un concierto heavy, mi tía puso en marcha el artefacto y al grito de “cerdo”, o más bien “¡¡¡¡¡cerdoooooooooooo!!!!!!”, cargó al galope contra la silla de mi tío Valentín quien se agarró, con lo que habían sido uñas y dientes, a la tapicería. Inevitablemente, el polvo fue engullido por el aspirador, que para eso se inventó. Mi tío Valentín, viéndose encerrado dentro de las tripas del monstruo mecánico, enloqueció como un poseído y convirtió el aspirador en un espasmódico obús de goma que, en medio de unos alaridos desgarradores, empezó a rebotar a la velocidad de un neutrino contra las paredes de la casa, destrozándolo todo a su paso. La insoportable escandalera duraría tres días completos.


Al tercer día, los vecinos ya no podían más y avisaron a la “Agrupación Pacífica con Antorchas” que decidió asaltar la vivienda de mi tía. Docenas de componentes de la asociación vecinal más burra del universo conocido, se reunieron en el portal y empezaron a subir las escaleras del edificio armados con palos y antorchas. Aunque mi tía se hizo fuerte dentro del piso y se defendió como una jabata, no pudo evitar que los vecinos encabronados superaran la barricada y tomaran la vivienda a la fuerza. Pero mi tía no se entregó. Cuando se vio sobrepasada, buscó la oportunidad de pasar inadvertida y se mezcló entre los cafres que estaban prendiendo fuego a su piso. Como un vecino más, cogió una antorcha y al grito de “¡a muerte, a muerte!”, se lió a quemar las cortinas de su propio salón con tanto ímpetu, que nadie dudó ni por un segundo que aquella chiflada pudiera no pertenecer al grupo de asaltantes. En seguida, las llamas fueron ganando terreno y hubo que escapar del piso. Mi tía fue la última persona en pisar la calle. Con su antorcha bien agarrada, levantó la cabeza y viendo salir el fuego por todas las ventanas de su vivienda, se sintió tan complacida que se marchó a celebrar la victoria con el resto de los vecinos, dejando dentro a mi tío Valentín que, por no querer morirse cuando tocaba, le terminaron quemando dos veces.




miércoles, 15 de junio de 2011

EL DEVORADOR DE OBJETOS

            Echar la puerta abajo fue algo inevitable. Los vecinos de la urbanización habían dado la voz de alerta porque desde hacía meses, el unifamiliar 5 parecía estar más deshabitado que el panteón del hombre invisible. Yo llegué con un cerrajero de urgencia para abrir la puerta, pero la “Agrupación Pacífica con Antorchas” ya la había enganchado a un Bulldozer que tenía las ruedas más grandes que el propio unifamiliar. La asociación vecinal más cafre del universo habitado, solo esperaba la señal de su Administrador para mandarla a tomar por culo. Un vecino se nos acercó corriendo y me gritó cuadrándose: “¡Estamos preparados y en su sitio!” Efectivamente, todos los propietarios de la urbanización estaban preparados y en su sitio. Sentí el peso de sus miradas y me quedé paralizado. Entonces, el vecino se inclinó sobre mi hombro y me susurró suavemente: “Le va en el sueldo…espabile, cojones.” Aturullado, levanté el brazo y se hizo el mismo silencio que precede al pistoletazo inicial de una carrera. Cuando lo bajé, el Bulldozer de las ruedas como casas, empezó a rugir y a escarbar la tierra como un toro cabreado. Una enorme polvareda que olía a goma quemada nos envolvió a todos, y los propietarios comenzaron a jalear enloquecidos. El cerrajero me miró sin entender nada. De pronto, el monstruo de las cuatro ruedas salió a toda leche arrancando de cuajo la puerta de entrada y con ella, parte de la fachada del edificio. Cuando se deshizo la nube de polvo, pudimos comprobar las dimensiones del desastre. Miré de reojo al cerrajero de urgencia. Se había quedado tan pasmado que una mosca confiada, le entraba y le salía de la boca como Pedro por su casa.

            Entré en el unifamiliar. A mi lado, entraron algunos de los cabecillas de la “Agrupación Pacífica con Antorchas” que se fueron repartiendo por la planta como si formaran parte de un comando de asalto. “¡Despejado!”, gritó uno de ellos. Ciertamente, allí no había nadie. Vi la oportunidad de separarme de aquellos descerebrados y les dije que yo me encargaría de revisar las plantas superiores. “¡¿Alguna novedad?!”, me gritaron desde la planta de abajo. “¡Negativo!”, les contesté sin tiempo de mirar nada. Lo reconozco; dije “negativo” como un gilipollas. Después, uno de los cabecillas vociferó: “¡Todo en orden! ¡No hay fiambres! ¡Abortamos la operación!”, y empezaron a desfilar hacia el exterior del edificio. El último en atravesar el gigantesco boquete de la fachada principal, me gritó: “¡Señor Administrador, le dejamos la puerta abierta para que salga cuando quiera!”

Las puertas del balcón de la segunda planta estaban reventadas y tenían pintas de llevar así mucho tiempo. Me asomé a través del hueco. Pude ver a los cabecillas vecinales rodeados de propietarios que poco a poco, se iban marchando hacia sus casas. La ausencia de carnaza y el tremendo frío que hacía en la calle, terminaron por vaciar los alrededores del unifamiliar 5. No tardé mucho en quedarme solo. Me senté en una vieja mecedora y empecé a balancearme más ancho que largo. Pero entonces, una visión me sobresaltó. El agujero por el que había estado cotilleando, tenía el perfil exacto de una mujer. Me puse de pie y me dirigí hacia el balcón. Pasé cuidadosamente las manos por los recortes de madera y cristal de las puertas. El vaciado era perfecto. Fui retrocediendo de espaldas ganando perspectiva en cada paso y la silueta de la mujer se formó, nuevamente, ante mí. Los brazos alzados con los dedos muy estirados parecían indicar que había sido presa del pánico antes de reventar las puertas. Mis elucubraciones se pararon en seco al chocar mis posaderas contra una mesilla que estaba justo al otro lado de la habitación. Me di media vuelta y abrí su único cajón. Había un cuaderno junto a un collar más feo que Picio. Me eché el collar al bolsillo y volví a la mecedora para hojear el cuaderno. En aquel momento, poco podía imaginar que la increíble historia manuscrita que estaba a punto de leer, me iba a dejar literalmente congelado:

“Algunas veces, los recuerdos nos cogen suavemente de la mano y nos acompañan hasta escenarios donde ya estuvimos tiempo atrás. Otras, por el contrario, nos agarran de las pelotas y nos arrastran sin piedad hasta donde no queremos volver. Así, cogido de las pelotas, es como yo he vuelto a entrar en la habitación donde años atrás, le había prometido a mi padre, en su lecho de muerte, que nunca perdería el control en una noche de juerga. Como si no hubiera pasado el tiempo, he vuelto a revivir aquel momento de forma nítida. “¡Nunca!”, decía mi padre sacando fuerzas de flaqueza. “¡Nosotros no somos como los demás!, ¡Si tienes ganas de salir de juerga, antes, te cortas la picha!” Más tajante, imposible. Yo estaba realmente afligido, así que, con un nudo en la garganta, le dije que sí, que se lo juraba. Ya sé que jurar lo que no se puede cumplir es mucho peor que mentir, pero os aseguro que la mirada penetrante de un padre moribundo impone lo suyo. Realmente, no pudo ser de otro modo: “Te juro que nunca me iré de juerga, papá”, le dije, “te lo juro, por dios.”

Durante mucho tiempo, me he mantenido firme pero, finalmente, he sucumbido. Anoche estuve de juerga. Iba a ser solo una copa, pero detrás de una vino otra y otra. Es mediodía y todavía estoy encamado intentando ordenar en mi cabeza todos los garitos que he podido visitar. Me sitúo mentalmente en el primero y alcanzo el segundo, pero un nubarrón alcohólico ya no me permite llegar al tercero. Tengo una pesadez de estómago descomunal. Acabo de eructar como un general y un extraño regusto metálico me ha venido a la boca. Sin duda, he estado fuera de control.

Mi padre me había contado muchas veces cómo mi madre se había pasado todo el embarazo suplicando a dios que yo fuera normal. Tampoco pedía tanto. El último mes, mi madre echó el resto y se lo pasó flagelándose la espalda con la cadena que había arrancado del retrete, pero dios no se conmovió. El día que me vio engullir el chupete como si nada, supo que la había abandonado. Entonces, cogió carrerilla y atravesó las puertas del balcón para salir volando como un ángel. Mi padre nunca quiso cambiar aquellas puertas. Los días de invierno, entraba un frío del carajo, pero a él no le importaba. Se podía pasar noches enteras, contemplando ensimismado la silueta impecable de mi madre recortada en las puertas del balcón. No quiero que nadie malinterprete este episodio. Mi madre no era ninguna salvaje. Todos sabemos que lo más civilizado hubiera sido abrir las puertas del balcón antes de tirarse. Aquel comportamiento, solo puso de manifiesto su estado de absoluta desesperación. Lo que hizo fue razonable. Ya tenía suficiente con aguantar al devorador de objetos que era mi padre. Cuando vio desaparecer el chupete de mi cara, supo que no podría soportar el  infierno que le esperaba y nos dejó con nuestra maldición. Definitivamente, fue un acto de sensatez.

Sin embargo, mi madre nos quería muchísimo a los dos. Yo también quería a mi madre y a mi padre, y mi padre quería con locura a mi madre. En un diagrama escolar de flechas, se vería de forma gráfica que me faltó el cariño de mi padre. Siempre me trató como al extraño que había venido al mundo para dar la puntilla a su mujer. Pese a todo, se trataba de mi padre y yo le quería. Nunca me olvidé de arroparlo durante las frías noches de invierno, cuando se quedaba alelado en su mecedora mirando la silueta de mi madre. Bueno, nunca, no. La única vez que me olvidé de hacerlo, mi padre amaneció más congelado que la estatua islandesa de Leif Eriksson en año nuevo. Aunque intenté recuperarlo durante todo el día, su aspecto de vikingo escarchado ya no le abandonaría hasta la muerte. Esa misma noche fue cuando me hizo jurar que nunca me iría de juerga. Después, me hizo señas para que me acercara. Sacó un collar de debajo de la almohada y me lo puso en la palma de la mano. “Era de tu madre. Cógelo, hijo mío. Ahora es tuyo”, susurró en un tono ahogado. Me cerró fuertemente la mano y me la mantuvo tan apretada que su temperatura bajo cero me provocó un escalofrío. Luego, con una extraña sonrisa en la cara, expiró de golpe dejándome absolutamente solo. ¡Lo que pude llorar aquella noche apretando contra mi pecho aquel regalo! ¡A mares! Decidí que nunca me separaría de aquel collar. Lo llevaría puesto toda mi vida. A la mañana siguiente, descubrí horrorizado que el collar de mi madre no era otra cosa que la cadena sanguinolenta del retrete. Mi corazón se abrió en gajos como un melón.

Seguir dándole vueltas a la cabeza, no va a mejorar mi situación, así que me voy a levantar de la cama. Voy al baño y luego, comeré algo. Tengo un hambre de lobo.

 Estoy petrificado. Lo que me acaba de pasar es difícil de contar sin parecer un chiflado. He comenzado a afeitarme frente al espejo y al pasar la maquinilla eléctrica por la comisura de mis labios, la boca, como activada por un resorte, se ha abierto sin control alcanzando unas dimensiones monstruosas, y con la rapidez de un depredador, se la ha tragado con cable y todo. La máquina ha desapareció de mi vista en un santiamén. Me he quedado absolutamente paralizado delante del espejo sin atreverme ni a pestañear no fuera que cualquier movimiento volviera a activar mi bestia interior. Los más curiosos es que, no solamente he dejado de tener hambre, sino que una deliciosa sensación de satisfacción plena me ha hecho sentir en la gloria. Me encuentro aturdido. Todo ha sido demasiado rápido.

Recuerdo haber visto a mi padre devorando, a escondidas, algunos pequeños objetos. Lo hacía de una forma plácida, disfrutando de su momento de calma. Yo siempre he tenido claro que terminaría siendo como mi padre, pero nunca imaginé que este instinto se desataría de una forma tan bárbara. Sin duda, la borrachera descontrolada de anoche, ha funcionado como un detonante genético y ha despertado la fiera dormida que hay en mí. Mi padre ya me lo había avisado. Si levantara la cabeza me cortaría la picha y se la comería sin remilgos, pero afortunadamente, ya no puede devorar nada.

Será por la resaca, pero tengo la garganta tan seca como el esparto. Necesito beber…

Sigo siendo una caja de sorpresas. He llenado un vaso de agua del grifo y me lo he acercado a la boca. Un impulso asesino ha tensado todos mis músculos faciales y con la velocidad del rayo, he atrapado el vaso casi al vuelo. ¡Brutal es poco! He intentado controlar mis movimientos y aunque todavía siguen desbocados, creo que terminaré por conseguirlo. Estoy seguro que es un problema de simple aprendizaje. Pero lo más increíble es que he podido sentir como el agua y el vaso  me han saciado de una forma tan intensa que todavía me estoy relamiendo de puro placer. Me encuentro realmente bien.

Me estoy mirando en el espejo y veo a un devorador de objetos. Lo soy desde que nací. Podría negar la evidencia y vivir escondido como mi padre, pero no lo voy a hacer. Voy a abandonar esta maldita casa para siempre y continuaré mi camino. Hasta los tiburones se hunden en el fondo del mar si no se mueven. Estoy ilusionado. Un mundo material lleno de oportunidades me está dando la bienvenida y no las voy a desaprovechar. Soy un devorador de objetos y, para bien o para mal, ya lo he asumido.”

El frío siberiano que había estado entrando a través del hueco en forma de mujer, había convertido la habitación en un lugar estepario e inhabitable. La historia me había mantenido tan absorto que hasta que no acabé de leer la última palabra no sentí las dolorosas puñaladas del frío. Comprendí que debía moverme rápido o me tendrían que sacar con los pies por delante. Salí del unifamiliar pensando que la lección de aceptación personal que contenía aquel cuaderno, era ciertamente extraordinaria.

           Aunque todavía son muchos los propietarios que se acercan a mi despacho para preguntarme si la historia del devorador del unifamiliar 5 es cierta, yo sigo sin contestar. Si fueran espabilados, les valdría con ver la cara que pongo cada vez que alguno de ellos sale del baño de la oficina después de haber tirado de la cadena sanguinolenta que tengo colgada en el retrete.


jueves, 28 de abril de 2011

EN BLANCO Y NEGRO

Aunque los destellos de la televisión no dejaban ningún rincón del saloncito sin iluminar, nadie parecía estar viendo aquella estupenda película de risa. Ni siquiera el brillante “gag” final, consiguió que el albino del unifamiliar 97 moviera un solo músculo del cuerpo. “¡No me comprendes, Osgood! ¡Soy un hombre!”, le decía desesperado el músico quitándose la peluca. “Bueno, nadie es perfecto”, le contestaba el viejo enamorado, justo antes de la llegada del título final. Después, la habitación se quedó sumida en el silencio. Durante un buen rato no pasó nada, hasta que una mano blanca salió lentamente de las tripas del sillón y agarró la caja del dvd que estaba encima de la mesita. El albino se la puso delante de la cara y la miró atentamente. En la carátula ponía: “la mejor comedia jamás filmada”. Lo decía bien clarito y con letra grande, pero tampoco aquella película le había transmitido ni la más mínima emoción. Se quedó pensativo y decidió que al día siguiente volvería a ver “Nosferatu”. Al fin y al cabo, todas las películas le dejaban igual de frío pero desde luego, la estética “kitsch” de su vampiro preferido, era otra cosa. Se levantó y se dirigió al cuarto de baño para asearse. Delante del espejo, se desnudó. Su frágil cuerpo era traslúcido como el alabastro y a través de la piel, pudo ver como latía su corazón rojizo. Se sintió tan vacío que pensó que mataría por poder cruzar el puente que le separaba de la humanidad. Entonces, acercó la cara al espejo y abrió la boca. Unos espantosos incisivos de vampiro se asomaron al exterior. Cogió una lima de uñas del armarito y se dio otro repaso a los dientes. Una nubecilla de polvo blanquecino fue envolviendo la pálida cara del albino hasta que, por un instante, pareció  desaparecer frente al espejo.

El albino se había refugiado en un mundo en blanco y negro porque los colores le quemaban. Su casa parecía el decorado desteñido de un teatro ambulante y solamente salía para huir de sí mismo atravesando las oscuras entrañas de la tierra con su bien aprovechado bono del metro. Escondido bajo la capucha de su sudadera negra, iba de aquí para allá observando a la gente de los vagones. Sabía que era incapaz de generar sentimientos propios y se esforzaba por compartir las emociones ajenas, pero, como si estuviera viendo una de sus antiguas películas, siempre terminaba cansado de su propia indolencia. En ese instante, le invadía la irrefrenable necesidad de reforzar su imagen y se olvidaba de guardar las apariencias. Acurrucado en el asiento, se metía la lima de uñas dentro de la sombría oquedad de su capucha y empezaba a pulir sus incisivos montando un chirrido tan fenomenal que cuando los pasajeros comprobaban que aquello no tenía nada que ver con el sistema de frenado, escapaban del vagón al galope.

Pero el día del milagro había llegado. Como todas las tardes, el albino se dirigió a la boca de metro más cercana y bajó por las escaleras hasta el subsuelo. Cuando llegó el tren, entró en uno de los vagones atestados de viajeros. En seguida se fijó en un joven negro que le resultó extremadamente cómodo de mirar. Iba vestido con una reluciente camisa blanca de cuello abierto, un brillante traje negro con la punta de un pañuelo blanco saliendo de su bolsillo superior y unos zapatos negros recién encerados. Estaba sentado y llevaba una caja de terciopelo negro sobre sus rodillas. Todo era tan blanco y negro que la estampa resultaba una delicia para la vista. No como la chica que estaba un poco más allá. Se trataba de una hembra tan bien parida como la Marilyn de “Con faldas y a lo loco”, pero su ajustado vestidito rojo chillón la convertía en un puro tormento. Sin duda, el negro no pensaba lo mismo porque no podía quitarle la vista de encima. Pero el auténtico chispazo se produjo en el instante en que las miradas de los dos pasajeros se cruzaron. Algo parecido a un “big bang” lo iluminó todo. Cuando la Marilyn se bajó del vagón, el negro empezó a golpetear suavemente la caja aterciopelada con las puntas de los dedos de su mano derecha creando un curioso ritmillo musical. También el negro llegó a su parada y el albino le siguió. Salieron a la calle y, con disimulo, fue detrás de él hasta que entraron en un club de jazz repleto de gente. Allí le perdió la pista. El albino se sentó en la última mesa sin retirarse la capucha de su sudadera. De pronto, los focos iluminaron el escenario y entre el humo de los puros habanos, apareció el negro liderando su banda. Hizo una señal a sus compañeros para que lo dejaran solo y sacó una trompeta de la caja de terciopelo negro. Lo que sucedió después es imposible de explicar con palabras. La melodía más inspirada que se pueda imaginar empezó a fluir de la trompeta. Los hábiles dedos del trompetista interpretaron con maestría la pieza que había compuesto hacía solo unos minutos. Los clientes, acostumbrados a conversar mientras escuchaban de fondo clásicos de Davis o Gillespie, dejaron de hablar fascinados por la belleza de la música original que estaba sonando. Hasta el trompetista negro estaba impresionado por la facilidad con la que estaba transmitiendo al auditorio la emoción que su corazón había vivido en el subsuelo de la gran ciudad. Pero el auténtico prodigio se produjo en el cuerpo, hasta entonces deshabitado, del albino del unifamiliar 97. Los fuertes sentimientos que embargan a un enamorado, se estaban desatando en su interior como un torbellino y, por primera vez en su vida, sintió unas ganas incontenibles de reír y de llorar a la vez. No hizo nada para evitarlo. Se dejó llevar por la preciosa melodía de la trompeta y, escondido bajo su capucha, rió y lloró sin control.  

 Al día siguiente, después de su cita con “Nosferatu” y el repaso diario a sus incisivos, el albino salió de su unifamiliar y puntual como un reloj, bajó a las entrañas de la ciudad en busca del trompetista y su chica. Casualmente, los encontró en el mismo sitio del mismo vagón y en la misma postura que el día anterior. Ninguno de los dos había querido cambiar ni un ápice las circunstancias de su flechazo. El albino tomó posiciones para contemplar con atención la segunda parte de aquella historia de amor. La pareja se buscó con la mirada y compartieron una sonrisa mágica que hizo desaparecer a todos los pasajeros del vagón. El trompetista le cedió su sitio galantemente a la chica y empezaron una animada conversación que solo fue interrumpida por la voz robótica que anunciaba la llegada de la parada de la Marilyn. Cuando se despidieron, milagrosamente, el vagón se volvió a llenar de gente. El albino pudo ver como el trompetista se sentaba y, sobrado de inspiración, comenzaba a mover sus dedos sobre la caja de la trompeta como si estuviera escribiendo una carta de amor en una máquina de escribir imaginaria. La melodía que aquella noche brotó de la trompeta del trompetista fue grandiosa. El albino, sentado en la última mesa del club, pudo estremecerse hasta babear. La intensidad de la música le hizo superar todo lo vivido la noche anterior y se sintió el protagonista absoluto de aquella bonita historia de amor. Por un momento, el albino rozó la felicidad.

La noche posterior, acudió directamente al club de jazz pero el trompetista no salió a escena. Alguien comentó que esa era su noche libre, así que volvió a la siguiente. Esta vez, el albino se sentó en primera fila y el corazón le dio un vuelco cuando los focos iluminaron nuevamente la estampa del trompetista. Estaba preparado para escuchar con atención. Quería saber qué  había pasado la noche anterior. Muy despacito, el artista limpió con el pañuelo blanco la boquilla de la trompeta y se la apoyó cuidadosamente sobre los labios humedecidos. La melodía surgió con una pasión tal, que el albino empezó a sudar acalorado desde la primera nota. Sonaba voluptuosa y sensual, y el albino pudo ver claramente como el negro y la Marilyn follaban como animales. En mitad del frenesí, notó que el apéndice blanquecino que solo utilizaba para mear, se endurecía de una forma extraña y novedosa. Lo apretó con las dos manos contra el pantalón pero la tensión muscular no cedió. Se asustó mucho y se levantó tirando la silla para atrás. Encorvado y con la capucha puesta, fue sorteando las mesas en un recorrido hacia la salida que le pareció eterno. Alcanzó la calle y caminó hasta que dejó de escuchar la melodía de la trompeta. Entonces, se apoyó en la pared, abrió las piernas y se miró aliviado. El bulto se estaba desinflando. Tampoco le importó que lo estuviera haciendo tan lentamente porque, la verdad, no se podía decir que aquella transformación física hubiera sido dolorosa sino, más bien, todo lo contrario. Siguió caminando calle abajo mientras su cabeza encapuchada no paraba de dar vueltas a todos los acontecimientos vividos en los últimos días. ¿Sería capaz de generar sus propias emociones sin la intervención prodigiosa de las melodías del trompetista? Vio a una indigente sentada en el suelo y decidió hacer la prueba. Estaba vestida con unos harapos, llevaba el pelo muy pringoso y sus manos mugrientas tenían las uñas largas y sucias. Se acercó a ella y se inclinó lentamente. Sentir lástima de un ser tan miserable debía ser pan comido, pero por mucho que se esforzó, no lo consiguió. Cuando la indigente vio arrimarse a su cara aquella especie de ameba, pensó que los extraterrestres la habían venido a buscar y comenzó a retroceder arrastrando el culo hasta quedar aplastada contra la pared. El albino se acercó tanto que pudo contar todas las costras de la cara de la mendiga sin dejarse ni una. Luego, cerró los ojos y respiró profundamente su asqueroso olor, pero no sintió ni pizca de compasión. Apuró todavía más la situación. Sacó una moneda y la echó en la lata, pero tampoco sintió ningún tipo de satisfacción por la buena obra realizada. Frío como el hielo, se irguió y siguió andando calle abajo. Cuando la indigente le perdió de vista, se puso a rebuscar con la cuchara en la lata de judías que se estaba comiendo pensando que poco le hubiera costado al marciano de los cojones, echar la moneda en el plato de la limosna.  

Aquella noche, el albino no pegó ojo. Su cabeza estuvo pensando a la velocidad de la luz. El ensayo con el mendigo había demostrado que no podía generar emociones por sí solo y que dependía del trompetista. Sus inspiradas melodías le habían hecho sentir, paso a paso, lo que significaba estar enamorado, pero sospechaba que en la vida había más cosas que el amor y una idea fue tomando forma en su cerebro: si la chica desaparecía, el trompetista tendría que buscar otras fuentes de inspiración y él podría seguir experimentando sin freno. Una idea tan malvada pudo emerger sin dificultad en el ánimo del albino porque no tenía conciencia. Al fin y al cabo, la conciencia surge de la relación con los demás, y el albino vivía aislado en un mundo en blanco y negro. Sin ningún remordimiento, el albino decidió cargarse a la chica. Así de simple.

La guapa Marilyn no se podía ni imaginar que le quedaban segundos de vida. Se despidió del trompetista negro con un beso llamándole cariñosamente “angelito de Machín”, y salió del vagón del metro. En el andén, se dio media vuelta y los dos se miraron ilusionados hasta que la puerta automática cortó el mágico vínculo. No se volverían a ver. El convoy del trompetista partió de la estación y se alejó a toda velocidad por el túnel de salida. Poco después, el convoy del accidente apareció por el túnel de llegada sin poder evitar el brutal impacto. Una mano blanca había empujado a la chica del vestidito rojo a las vías y la bonita historia de amor saltó en pedazos.

El albino sin conciencia estaba delante del espejo del baño limándose los incisivos convencido de haber hecho lo correcto. Cada noche, desde el topetazo de la chica, se acercaba hasta el club de jazz esperando disfrutar de una nueva experiencia musical, pero el trompetista estaba desaparecido. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Sin embargo, algo le decía que aquella noche iba a ser especial. Puso cuidado en dejar sus dientes bien pulidos y cogió el metro en dirección al club de jazz. La mesita de su rincón preferido estaba vacía, así que se sentó y esperó. No habrían pasado ni cinco minutos, cuando los focos se movieron y apuntaron al escenario. Entre nubes de luz, apareció el trompetista perfectamente conjuntado en tonos blancos y negros. Sin decir nada, se llevó la trompeta a la boca y empezó a soplar. Las primeras notas salieron disparadas como flechas y un dolor insoportable sacudió al albino que se retorció como un perro apaleado. En ese mismo momento, pudo comprender que alguna experiencia vital del trompetista había sido tremendamente dolorosa, pero no acertó a entender el motivo de semejante daño. No hubo tiempo para más razonamientos. El trompetista continuó interpretando su triste melodía de una forma tan desgarradora que el albino sufrió un calvario indescriptible. El desconsuelo que se escondía tras cada nota de la balada se fue clavando en el cuerpo del albino como las furiosas dentelladas de una jauría de lobos. Aunque se tapó los oídos, no consiguió dejar de escuchar la trompeta. Desesperado, salió del club y echó a correr calle abajo hasta que cayó al suelo hecho un ovillo. No había escapatoria. La trompeta estaba ya dentro de su cabeza y la melodía no cesaría hasta el final. El desdichado albino que había nacido sin conciencia, murió sin comprender el terrible dolor que había causado a los demás.

La indigente de las costras en la cara, se acercó despacito al bulto negro que yacía en mitad de la calle y reconoció al marciano. Miró a su alrededor y no vio ninguna nave espacial, así que le pegó unas pataditas en los costillares y cuando comprobó que estaba bien muerto, le metió sus manos roñosas en los bolsillos. Sacó una lima de uñas que le pareció bastante corriente para ser de una civilización tan avanzada y se la guardó. Luego, sin ninguna prisa, se puso a caminar calle abajo. Iba pensando que, con un poco de esmero, podría llegar a tener las manos como las actrices de las películas en blanco y negro que veía con sus padres, cuando todavía era la princesita de la casa.