viernes, 30 de diciembre de 2011

TERAPIA DE CHOQUE

Ni una sola bombilla de colores iluminaba ya las instalaciones vacías. La luna llena parecía ser la única atracción abierta en toda la feria. Hacía horas que el último niño había cruzado la puerta de salida llevándose toda la ilusión. Ahora, las luces estaban apagadas y el embrujo azulado de la luna había convertido las alegres figuras del parque de atracciones en fantasmas. De pronto, una silueta contrahecha apareció bajo el túnel dentado de la Casa del Terror y se estiró como si despertara de un largo sueño. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Lentamente, salió al exterior hasta quedar recortada por la suave luz nocturna y se dirigió con paso desgarbado hacia una papelera. Rebuscó entre la basura y se llevó a la boca los restos de palomitas y perritos calientes que encontró. Con el estómago lleno, eructó sin miedo a que alguien le pudiera escuchar. Después, balanceando su cuerpo deshilachado, la momia siguió caminando sin ninguna prisa hasta desaparecer entre las sombras de aquel campo santo infantil.



Al día siguiente, la ilusión se volvió a adueñar del parque de atracciones. Las luces se encendieron puntuales a su cita y todos los cachivaches empezaron sus testarudos recorridos sin final. También el trenecito de la Casa del Terror se puso en marcha sin que nadie se percatara de que a su paso por la última curva, un foco se activaba iluminando un rincón vacío. La momia no estaba en su sitio. Ya no regresaría a la Casa del Terror hasta el mismo día de su despedida. Mientras tanto, permaneció escondida en otras atracciones del parque viendo cómo la gente se divertía. Unas veces, se ocultaba en el Túnel de la Bruja y otras, deambulaba como un alma en pena por los pasillos oscuros del Palacio de las Trampas tropezándose con las familias confiadas, que si hubieran sabido lo cerca que habían estado de un monstruo de verdad, se habrían desmayado del susto.  



La momia no se perdía detalle. Le maravillaba observar las caras de alegría de los padres y los hijos que visitaban el parque. Le maravillaba y, a la vez, le desconcertaba porque aquellos visitantes eran capaces de disfrutar con el miedo y el vértigo de algunas atracciones que a él mismo le hubieran acojonado. Sí, le maravillaba y le desconcertaba, pero, sobre todo, le afligía. Le afligía enormemente porque la felicidad ajena que desfila sin dejar rastro, no es buena, y a fuerza de ver siempre lo mismo, la momia empezó a engendrar un sentimiento de soledad tan grande que se le apoderó. Una noche entró en la Casa del Terror, llenó un petate con sus vendas limpias y saltó la tapia del parque de atracciones dispuesto a encontrar una familia.



Un administrador de fincas no puede abrir la puerta de su despacho así como así. Va contra la primera norma del folleto de autoprotección que nos envía cada año el Colegio de Administradores. Sin embargo, lo hice. Y de sopetón. Quería pillar al tontolaba que se había quedado dormido apretando el timbre, y me llevé un susto morrocotudo. Bajo el umbral, apareció un tipo vestido con harapos que avanzó hacia mí con los brazos extendidos preguntando si quería ser su familia. Me entró tal tembleque que si aquella criatura no me hubiera abrazado, me habría plegado como un muñeco. Pero me abrazó y permanecimos un buen rato apretados el uno contra el otro. Entonces, se produjo un fenómeno de difícil explicación. Sentí como una misteriosa conexión iba acompasando nuestros ritmos cardiacos hasta terminar palpitando como un solo corazón. En ese mismo momento, con los ojos inundados de lágrimas, la momia me llamó papá.



Lo sé, lo sé. Para mear y no echar gota. Sin embargo, tengo que reconocer que fue muy emocionante. Y todavía me faltaba por escuchar su historia. Comprobar el ingenuo deseo por conocer el cariño de un desgraciado que había estado encerrado en la fantástica mentira de un parque de atracciones me pareció tan tristemente poético que decidí ayudarle, como haría un buen padre de familia. Lo primero era encontrarle un hogar adecuado. Desde luego, solo imaginar la cara de espanto de mi mujer al verme entrar en casa con aquella momia inmadura llamándola mamá, me producía un escalofrío que para qué os quiero contar. En cuanto, a los amigos, si se pueden contar con los dedos de una mano y sobran dedos, no veía ninguna extremidad capaz de llevarse a mi criatura a su casa. En fin, parecía claro que el hogar natural de aquella momia de feria no podía ser otro que el parque de atracciones de donde escapó. El caso es que la momia no quería volver ni atada. Pensé que una terapia de choque le ayudaría a convencerse por ella misma. ¡El infierno me devorará mil veces por lo que hice! Meter en una reunión de vecinos a alguien que no ha salido en su vida de un parque de atracciones es una burrada supina. Tanto como ponerle la peli “Holocausto Caníbal” a un niño de cinco años. Pero ya no hay remedio. Mil veces es poco.



Nos sentamos en la mesa presidencial y esperamos la llegada de los vecinos. Poco a poco, la sala parroquial se fue ocupando y a las ocho en punto de la tarde, pasé lista y comenzamos la reunión. Habían acudido catorce tipos que exhibían el aspecto cafre de quien se divierte levantando vigas de hierro para doblarlas con los dientes. Tras presentar a la momia como un compañero de despacho que se había caído al tanque de las pirañas carnívoras del zoo, entramos en materia. El único punto del orden del día de la citación trataba sobre la posible reclamación judicial a un moroso de la comunidad. Afortunadamente, el mal pagador no apareció por allí porque sus convecinos le habrían sacado los ojos. Su deuda era tan elevada que había sido necesario emitir una derrama al resto de los propietarios para poder mantener los servicios básicos del edificio. Y para remate, tenían que soportar que con la pasta que no pagaba a la comunidad, se montara cada noche, unas fiestas del copón con un puñado de chavalas de revista. Mientras los propietarios asistentes debatían la propuesta, una viejecita entró tímidamente y se sentó en la última fila de la sala. Pensé que se habría confundido ya que el rezo del rosario se celebraba en la sala contigua. No quise interrumpir el desarrollo de la reunión. Ya se marcharía cuando se diera cuenta del error. En un momento del debate, todos callaron y uno de los mostrencos me preguntó qué otro camino teníamos para cobrar la deuda, aparte de la vía judicial. Ni siquiera a aquellos torpes se les escapaba que la reclamación judicial es lenta, cara, imprevisible, y muchas veces, injusta. Pero es la única opción para evitar las bofetadas, que yo sepa. Cuando en alguna otra reunión similar se planteaba esta pregunta, poniendo una sonrisa cómplice, siempre soltaba el misma comentario irónico: “¡Ah, sí! Hay una alternativa a la reclamación judicial que es infalible. Se coincide con el moroso en el ascensor y se le da un buen sustillo.” Esta observación ocasionaba las risas de los asistentes que, definitivamente, veían claro que el único camino civilizado para cobrar una deuda impagada era la refinada vía judicial. Sin embargo, en este caso, mi truco dialectico no funcionó y el silencio consiguiente me heló la sonrisa de la cara. Los brutos se miraron unos a otros con gesto de satisfacción. Habían escuchado lo que querían oír. Uno de ellos se puso de pie chasqueando los nudillos y arengó al resto: “¡¡Hagamos lo que nuestro Administrador dice!!”, y todos los bárbaros empezaron a aplaudir y a soltar alaridos. En ese momento, un grito furioso se escuchó por encima de todos los demás: “¡¡¡A muerte!!!”. ¡Jope! Había sido la abuela del fondo agitando un brazo amenazador que dejaba ver una calavera tatuada. Desde luego, la vieja estaba en la sala correcta porque aquello iba a acabar como el rosario de la aurora. El estallido de rabia contenida enloqueció a todos los vecinos. Algunas sillas volaron sobre nuestras cabezas y se estrellaron contra la pared provocando un enorme estrépito. La momia, acostumbrada a la felicidad perenne que siempre le rodeaba, empezó a temblar como un perrito abandonado y se escondió debajo de la mesa. Me puse de pie e intenté hacerme oír con todas mis fuerzas: “¡¡Por dios, escuchad!! ¡¡Todo era una broma, todo era una broma!!” Pero daba igual. Fue inútil. Ni me oían, ni me querían oír. “¡Nuestro Administrador ha hablado!”, gritaban una y otra vez. En plena algarada, los catorce energúmenos abandonaron la sala parroquial, liderados por la vieja de la calavera. Salían de safari. Aún pude escuchar una última voz alejarse por el pasillo de salida: “No esperemos más. Esta noche cuando baje la basura…” Después, se hizo el silencio que solo era roto por los sollozos de la momia que se estaba descosiendo con tanta tembladera.



Me desplomé en mi silla presidiendo una sala revuelta y vacía. Una chusma encolerizada la había desocupado para ir a destrozar a un tipo que, personalmente, no conocía de nada. Ya podía leer los titulares en la sección de sucesos del periódico del día siguiente: “Administrador sin escrúpulos instiga a los vecinos para que despanzurren a un moroso”. Estaba desesperado. En ese momento, entró el cura para cerrar la sala y me pareció la imagen celestial de un santo de cara borrosa. Necesitaba escuchar una palabra amable. Le cogí la mano con devoción: “Padre, haga algo. Van a destripar a una persona y me van a culpar de todo a mí”, le dije con la voz afónica. “Sí, sí, Te tendré presente en mis oraciones, hijo”, dijo sin ningún tipo de interés, y continuó: “A propósito, ¿quién me va a pagar las sillas rotas?”. No pude contestar. Solo pagué. Apesadumbrado, salí de la parroquia cargando a cuestas con mi momia traumatizada. Caminé calle abajo soportando el peso de la soledad sobre mis espaldas. Estaba seguro que aquellos eran mis primeros pasos como fugitivo en busca y captura.



Este trabajo es más bien facilón. Basta con poner cara de estreñido cada vez que te enfoca el punto de luz al paso de uno de los vagones. Es un poco repetitivo pero eso es lo de menos. Lo más importante es que dentro de la Casa del Terror nadie me va a encontrar. La momia me ha cedido su lugar sin pedir nada a cambio. Como un buen hijo.



Cuando las bombillas de colores se apagan, salgo cuidadosamente de mi escondite y me encamino hacia nuestro banco. Allí, siempre me está esperando la momia con una sonrisa. Envueltos por la mágica luz de la luna, le cuento otra de mis historias sobre el mundo exterior. Ella me escucha atentamente y después, me hace un montón de preguntas tan simples que, algunas veces, me cuesta encontrar una respuesta. Y así, las noches de verano van transcurriendo de una forma tan agradable y sosegada que me cuesta recordar mi vida anterior.



Esta noche, mi amigo me ha dicho que es completamente feliz en su hogar. No lo sabe, pero era cuanto esperaba escuchar. Se lo debía. Significa que mi tiempo en el parque de atracciones se ha agotado. Cuando nos levantemos de este banco, le daré un abrazo y desapareceré sin decir nada. Aun así, le acabo de prometer otra historia para mañana, y la tendrá. Será mi propia ausencia la que le enseñe la última lección que necesita para continuar su vida solo. Para entonces, yo ya habré saltado la tapia del recinto y me encontraré buscando otro refugio, muy lejos de aquí.

           

sábado, 22 de octubre de 2011

EL ALUCINANTE Y ESCANDALOSO REGRESO DE MI TÍO VALENTÍN

El día que palmó, a mi tío Valentín le quedaba tanta vida que la muerte no lo pudo matar del todo. De hecho, es la única persona que conozco que ha estado en el cielo y ha vuelto para contarlo. Hace unos días, sin ir más lejos, se presentó de nuevo en casa de mi tía para comer. No lo pudo hacer de cuerpo presente como a mi tío le hubiera gustado porque mi tía, que barruntaba su regreso, se había empeñado en dejarle bien incinerado. Aun así, mi tío Valentín volvió. Con dos cojones. Justo a la hora de comer.


Lo reconozco. A mi tío le achicharramos en un horno como si fuéramos bárbaros. Si por nosotros hubiera sido, le habríamos enterrado en un hoyo como dios manda, pero nadie se atrevió a contradecir a mi tía. “¡Al fuego y que no se hable más!”, dijo en plan sargento. “¡El sinvergüenza de vuestro tío no volverá a ponerme los cuernos ni en esta vida ni en ninguna otra!”. Fue su última palabra, así que al apuesto de mi tío Valentín le enviamos al cielo hecho unos zorros para que las ninfas celestiales no se fijaran en él. Fue la voluntad de una mujer despechada. Amén.


A mi tío Valentín le quemamos el mismo día que se despidió de todos en la cama del hospital. “Hasta luego, familia”, dijo en un tono jovial, y se quedó tieso con los ojos abiertos como platos. Todos nos miramos perplejos sin saber qué hacer. Lo que pasó después, es difícil de contar sin sentir un escalofrío. Cuando mi tía se estaba acercando para cerrarle los ojos, mi tío Valentín, sacudido por un coletazo de vida, levantó una mano y la mantuvo suspendida con el dedo índice extendido. Todos dimos un grito y nos quedamos mirando el dedo que se empezó a mover lentamente como la luz de un faro. Con la cadencia serena de un muerto, nos fue apuntando uno a uno, mientras nosotros, en medio de un fenomenal revuelo, buscábamos un escondite por la habitación como si nos fuera a disparar, hasta que, finalmente, el dedo acusador se paró señalando a mi tía. Después, mi tío Valentín se llevó la mano muerta a la cara y él mismo se cerró suavemente los ojos para quedarse tan quieto y estirado como al principio. “Asegúrese bien de que está muerto”, le dijo por tercera vez mi tía al médico que había acudido al timbre de avisos. “Señora, le puedo clavar un puñal en el corazón si quiere, pero le insisto que está más fiambre que mi abuela”, le contestó el facultativo. “Solo le digo que se asegure, que éste nos vuelve”.


Todos los familiares nos reunimos en la sala donde estaba el horno crematorio, esperando el momento solemne de la incineración de mi tío Valentín. Entró un empleado de la funeraria que parecía una fantasía animada. Tenía la inteligencia justa para pasar el día, pero hay que reconocer que cachondo era un rato. Se situó en mitad de la habitación y empezó a contar chistes y anécdotas, haciendo gala de un especial desparpajo. Al principio, a todos nos pareció que aquello estaba fuera de lugar. Sin embargo, poco a poco, nos fuimos sintiendo más cómodos. Francamente, aquel majadero nos ayudó a soltar toda la tensión acumulada. El ambiente se volvió tan desenfadado que hasta cantamos “es un muchacho excelente, es un muchacho excelente…”, agarrados como un equipo de fútbol. Más que una incineración, aquello parecía un fuego de campamentos. Después, el empleado cachondo, nos reunió junto al horno y comenzó una cuenta atrás que fue coreada por toda la familia. En pleno jolgorio, apretó el botón de ignición y sin mediar palabra, se fue rápidamente de la habitación pegando un portazo. El irreversible proceso de combustión se había iniciado. Toda la familia enmudecimos y nos miramos descolocados. Al portazo le sucedió el silencio más profundo que puedo recordar. Aunque después pudimos comprobar que aquella singular terapia festiva figuraba en la modalidad de contrato que habíamos firmado con la funeraria, la ceremonia nos dejaría  a todos un sabor de boca tan extraño que nunca más hemos vuelto a comentar aquel episodio. Eso sí, a mí no me pillan en otro entierro con animador ni por casualidad. 


 El horno se puso inmediatamente al rojo vivo y mi tía se aplastó contra el ojo de buey para no perderse nada. Había solicitado expresamente que metieran a mi tío en el horno sin caja para evitar gastos inútiles. Yo, sinceramente pienso que mi tía no lo hizo por ahorrar, sino para deleitarse contemplando cómo todo el vigor muscular que mi tío había entregado tan generosamente a cualquier hembra que no fuera ella, se convertía en puñeteras cenizas. No hace falta decir que a los demás ni se nos ocurrió acercarnos al ventanuco. Es más, el calor empezó a ser tan intenso que nos tuvimos que separar unos cuantos metros del horno para no terminar como una patata frita. Sin embargo, mi tía aguantó abrazada al volcán como una campeona. Tan entusiasmada estaba, que ni se dio cuenta de que se estaba quedando pegada al cristal. Todos sabíamos lo que pasaba por su cabeza y nadie tuvo narices de interrumpir su momento. “¡Espectacular!, ¡grandioso!, ¡más...más…!”, gritaba enloquecida mientras se restregaba contra el horno abrasador. ¡Cómo la gozó! Yo creo que tuvo el orgasmo que siempre le negó mi tío en vida. No exagero. Hubo que utilizar la rasqueta para separarla del ojo de buey y todavía gemía de placer. En mitad de sus voluptuosas sacudidas, ni se podía imaginar que su marido, perfectamente incinerado, volvería para pedirle explicaciones por la sopita de cocido envenenada que, días atrás, le había servido para comer.


El primer impulso de mi tío Valentín cuando llegó al cielo, fue volver a la tierra para sacarle los ojos a su mujer, pero un santo bastante enrollado le hizo comprender que la venganza le haría un desgraciado para toda la eternidad. Aquel santo fluorescente le aconsejó volver para perdonar y alcanzar su mismo sosiego espiritual. Plenamente convencido, mi tío decidió regresar con la intención de escuchar tranquilamente a su mujer y echar pelillos a la mar. Al fin y al cabo, le esperaba la felicidad perpetua de todos los santos.


Las cenizas de mi tío Valentín se amontonaron cuidadosamente sobre una silla junto a la mesa del comedor. El gran Houdini hubiera vendido su alma al diablo por conocer el truco de semejante prodigio. El caso es que no había truco. Sencillamente, mi tío se había colado por una rendija de la puerta y se había apilado en una silla para esperar a mi tía. Echó un vistazo a su alrededor y se emocionó al volver a ver la foto de su boda colgada en la pared. Se fijó en la mata de pelo que lucía y se avergonzó. Ahora no era más que una montañita de polvo. Eso sí, podría competir con las cenizas del puro habano más selecto del mercado y seguiría siendo el rey, pero ya no era lo mismo. En cuanto a su mujer, nunca estuvo más guapa que entonces. Suspiró profundamente y echó de menos la época del pelo.


Escuchó la cerradura de la puerta. Su mujer estaba entrando en casa. ¡Tenían tantas cosas de que hablar! Ansioso, pensó que lo mejor sería comportarse de la forma más natural y campechana posible. Cuando mi tía entró en el comedor, la montañita de residuos orgánicos que estaba apelotonada sobre la silla, la saludó como si nada: “Hola, pichoncito. Vengo con un hambre que me muero. ¿No te quedará algo de la sopita del otro día?”, y le guiño un ojo en un gesto de complicidad que pasó totalmente desapercibido.  


Mi tía se puso roja de pura rabia y soltó un chillido grandioso. Su presión sanguínea aumentó tanto que todas las ampollas y quemaduras que llevaba en la cara, se le reventaron a la vez, poniendo perdidas las cuatro paredes del comedor. ¡¡Otra vez tú, maldito!! berreó con la voz gutural de un zombi escapado de una película de dos rombos. Entonces, se agarró los bajos de la falda y salió echando leches del comedor mostrándole sus garrillas arqueadas y aquellos calcetines blancos de tenis que no se quitaba ni para dormir. Mi tío Valentín se quedó pasmado. Encogido sobre la silla, se puso a contemplar  como un pegotillo viscoso resbalaba sin prisa por el cristal de la foto de la boda y le invadió una pena tan grande que en la época del pelo, hubiera roto a llorar como un niño. Retiró la mirada y pensó que, a lo mejor, no había sido tan buena idea regresar. De pronto, bajo el umbral de la puerta, apareció mi tía armada con un aspirador. Con el movimiento enérgico del rockero que pega un guitarrazo en un concierto heavy, mi tía puso en marcha el artefacto y al grito de “cerdo”, o más bien “¡¡¡¡¡cerdoooooooooooo!!!!!!”, cargó al galope contra la silla de mi tío Valentín quien se agarró, con lo que habían sido uñas y dientes, a la tapicería. Inevitablemente, el polvo fue engullido por el aspirador, que para eso se inventó. Mi tío Valentín, viéndose encerrado dentro de las tripas del monstruo mecánico, enloqueció como un poseído y convirtió el aspirador en un espasmódico obús de goma que, en medio de unos alaridos desgarradores, empezó a rebotar a la velocidad de un neutrino contra las paredes de la casa, destrozándolo todo a su paso. La insoportable escandalera duraría tres días completos.


Al tercer día, los vecinos ya no podían más y avisaron a la “Agrupación Pacífica con Antorchas” que decidió asaltar la vivienda de mi tía. Docenas de componentes de la asociación vecinal más burra del universo conocido, se reunieron en el portal y empezaron a subir las escaleras del edificio armados con palos y antorchas. Aunque mi tía se hizo fuerte dentro del piso y se defendió como una jabata, no pudo evitar que los vecinos encabronados superaran la barricada y tomaran la vivienda a la fuerza. Pero mi tía no se entregó. Cuando se vio sobrepasada, buscó la oportunidad de pasar inadvertida y se mezcló entre los cafres que estaban prendiendo fuego a su piso. Como un vecino más, cogió una antorcha y al grito de “¡a muerte, a muerte!”, se lió a quemar las cortinas de su propio salón con tanto ímpetu, que nadie dudó ni por un segundo que aquella chiflada pudiera no pertenecer al grupo de asaltantes. En seguida, las llamas fueron ganando terreno y hubo que escapar del piso. Mi tía fue la última persona en pisar la calle. Con su antorcha bien agarrada, levantó la cabeza y viendo salir el fuego por todas las ventanas de su vivienda, se sintió tan complacida que se marchó a celebrar la victoria con el resto de los vecinos, dejando dentro a mi tío Valentín que, por no querer morirse cuando tocaba, le terminaron quemando dos veces.




miércoles, 15 de junio de 2011

EL DEVORADOR DE OBJETOS

            Echar la puerta abajo fue algo inevitable. Los vecinos de la urbanización habían dado la voz de alerta porque desde hacía meses, el unifamiliar 5 parecía estar más deshabitado que el panteón del hombre invisible. Yo llegué con un cerrajero de urgencia para abrir la puerta, pero la “Agrupación Pacífica con Antorchas” ya la había enganchado a un Bulldozer que tenía las ruedas más grandes que el propio unifamiliar. La asociación vecinal más cafre del universo habitado, solo esperaba la señal de su Administrador para mandarla a tomar por culo. Un vecino se nos acercó corriendo y me gritó cuadrándose: “¡Estamos preparados y en su sitio!” Efectivamente, todos los propietarios de la urbanización estaban preparados y en su sitio. Sentí el peso de sus miradas y me quedé paralizado. Entonces, el vecino se inclinó sobre mi hombro y me susurró suavemente: “Le va en el sueldo…espabile, cojones.” Aturullado, levanté el brazo y se hizo el mismo silencio que precede al pistoletazo inicial de una carrera. Cuando lo bajé, el Bulldozer de las ruedas como casas, empezó a rugir y a escarbar la tierra como un toro cabreado. Una enorme polvareda que olía a goma quemada nos envolvió a todos, y los propietarios comenzaron a jalear enloquecidos. El cerrajero me miró sin entender nada. De pronto, el monstruo de las cuatro ruedas salió a toda leche arrancando de cuajo la puerta de entrada y con ella, parte de la fachada del edificio. Cuando se deshizo la nube de polvo, pudimos comprobar las dimensiones del desastre. Miré de reojo al cerrajero de urgencia. Se había quedado tan pasmado que una mosca confiada, le entraba y le salía de la boca como Pedro por su casa.

            Entré en el unifamiliar. A mi lado, entraron algunos de los cabecillas de la “Agrupación Pacífica con Antorchas” que se fueron repartiendo por la planta como si formaran parte de un comando de asalto. “¡Despejado!”, gritó uno de ellos. Ciertamente, allí no había nadie. Vi la oportunidad de separarme de aquellos descerebrados y les dije que yo me encargaría de revisar las plantas superiores. “¡¿Alguna novedad?!”, me gritaron desde la planta de abajo. “¡Negativo!”, les contesté sin tiempo de mirar nada. Lo reconozco; dije “negativo” como un gilipollas. Después, uno de los cabecillas vociferó: “¡Todo en orden! ¡No hay fiambres! ¡Abortamos la operación!”, y empezaron a desfilar hacia el exterior del edificio. El último en atravesar el gigantesco boquete de la fachada principal, me gritó: “¡Señor Administrador, le dejamos la puerta abierta para que salga cuando quiera!”

Las puertas del balcón de la segunda planta estaban reventadas y tenían pintas de llevar así mucho tiempo. Me asomé a través del hueco. Pude ver a los cabecillas vecinales rodeados de propietarios que poco a poco, se iban marchando hacia sus casas. La ausencia de carnaza y el tremendo frío que hacía en la calle, terminaron por vaciar los alrededores del unifamiliar 5. No tardé mucho en quedarme solo. Me senté en una vieja mecedora y empecé a balancearme más ancho que largo. Pero entonces, una visión me sobresaltó. El agujero por el que había estado cotilleando, tenía el perfil exacto de una mujer. Me puse de pie y me dirigí hacia el balcón. Pasé cuidadosamente las manos por los recortes de madera y cristal de las puertas. El vaciado era perfecto. Fui retrocediendo de espaldas ganando perspectiva en cada paso y la silueta de la mujer se formó, nuevamente, ante mí. Los brazos alzados con los dedos muy estirados parecían indicar que había sido presa del pánico antes de reventar las puertas. Mis elucubraciones se pararon en seco al chocar mis posaderas contra una mesilla que estaba justo al otro lado de la habitación. Me di media vuelta y abrí su único cajón. Había un cuaderno junto a un collar más feo que Picio. Me eché el collar al bolsillo y volví a la mecedora para hojear el cuaderno. En aquel momento, poco podía imaginar que la increíble historia manuscrita que estaba a punto de leer, me iba a dejar literalmente congelado:

“Algunas veces, los recuerdos nos cogen suavemente de la mano y nos acompañan hasta escenarios donde ya estuvimos tiempo atrás. Otras, por el contrario, nos agarran de las pelotas y nos arrastran sin piedad hasta donde no queremos volver. Así, cogido de las pelotas, es como yo he vuelto a entrar en la habitación donde años atrás, le había prometido a mi padre, en su lecho de muerte, que nunca perdería el control en una noche de juerga. Como si no hubiera pasado el tiempo, he vuelto a revivir aquel momento de forma nítida. “¡Nunca!”, decía mi padre sacando fuerzas de flaqueza. “¡Nosotros no somos como los demás!, ¡Si tienes ganas de salir de juerga, antes, te cortas la picha!” Más tajante, imposible. Yo estaba realmente afligido, así que, con un nudo en la garganta, le dije que sí, que se lo juraba. Ya sé que jurar lo que no se puede cumplir es mucho peor que mentir, pero os aseguro que la mirada penetrante de un padre moribundo impone lo suyo. Realmente, no pudo ser de otro modo: “Te juro que nunca me iré de juerga, papá”, le dije, “te lo juro, por dios.”

Durante mucho tiempo, me he mantenido firme pero, finalmente, he sucumbido. Anoche estuve de juerga. Iba a ser solo una copa, pero detrás de una vino otra y otra. Es mediodía y todavía estoy encamado intentando ordenar en mi cabeza todos los garitos que he podido visitar. Me sitúo mentalmente en el primero y alcanzo el segundo, pero un nubarrón alcohólico ya no me permite llegar al tercero. Tengo una pesadez de estómago descomunal. Acabo de eructar como un general y un extraño regusto metálico me ha venido a la boca. Sin duda, he estado fuera de control.

Mi padre me había contado muchas veces cómo mi madre se había pasado todo el embarazo suplicando a dios que yo fuera normal. Tampoco pedía tanto. El último mes, mi madre echó el resto y se lo pasó flagelándose la espalda con la cadena que había arrancado del retrete, pero dios no se conmovió. El día que me vio engullir el chupete como si nada, supo que la había abandonado. Entonces, cogió carrerilla y atravesó las puertas del balcón para salir volando como un ángel. Mi padre nunca quiso cambiar aquellas puertas. Los días de invierno, entraba un frío del carajo, pero a él no le importaba. Se podía pasar noches enteras, contemplando ensimismado la silueta impecable de mi madre recortada en las puertas del balcón. No quiero que nadie malinterprete este episodio. Mi madre no era ninguna salvaje. Todos sabemos que lo más civilizado hubiera sido abrir las puertas del balcón antes de tirarse. Aquel comportamiento, solo puso de manifiesto su estado de absoluta desesperación. Lo que hizo fue razonable. Ya tenía suficiente con aguantar al devorador de objetos que era mi padre. Cuando vio desaparecer el chupete de mi cara, supo que no podría soportar el  infierno que le esperaba y nos dejó con nuestra maldición. Definitivamente, fue un acto de sensatez.

Sin embargo, mi madre nos quería muchísimo a los dos. Yo también quería a mi madre y a mi padre, y mi padre quería con locura a mi madre. En un diagrama escolar de flechas, se vería de forma gráfica que me faltó el cariño de mi padre. Siempre me trató como al extraño que había venido al mundo para dar la puntilla a su mujer. Pese a todo, se trataba de mi padre y yo le quería. Nunca me olvidé de arroparlo durante las frías noches de invierno, cuando se quedaba alelado en su mecedora mirando la silueta de mi madre. Bueno, nunca, no. La única vez que me olvidé de hacerlo, mi padre amaneció más congelado que la estatua islandesa de Leif Eriksson en año nuevo. Aunque intenté recuperarlo durante todo el día, su aspecto de vikingo escarchado ya no le abandonaría hasta la muerte. Esa misma noche fue cuando me hizo jurar que nunca me iría de juerga. Después, me hizo señas para que me acercara. Sacó un collar de debajo de la almohada y me lo puso en la palma de la mano. “Era de tu madre. Cógelo, hijo mío. Ahora es tuyo”, susurró en un tono ahogado. Me cerró fuertemente la mano y me la mantuvo tan apretada que su temperatura bajo cero me provocó un escalofrío. Luego, con una extraña sonrisa en la cara, expiró de golpe dejándome absolutamente solo. ¡Lo que pude llorar aquella noche apretando contra mi pecho aquel regalo! ¡A mares! Decidí que nunca me separaría de aquel collar. Lo llevaría puesto toda mi vida. A la mañana siguiente, descubrí horrorizado que el collar de mi madre no era otra cosa que la cadena sanguinolenta del retrete. Mi corazón se abrió en gajos como un melón.

Seguir dándole vueltas a la cabeza, no va a mejorar mi situación, así que me voy a levantar de la cama. Voy al baño y luego, comeré algo. Tengo un hambre de lobo.

 Estoy petrificado. Lo que me acaba de pasar es difícil de contar sin parecer un chiflado. He comenzado a afeitarme frente al espejo y al pasar la maquinilla eléctrica por la comisura de mis labios, la boca, como activada por un resorte, se ha abierto sin control alcanzando unas dimensiones monstruosas, y con la rapidez de un depredador, se la ha tragado con cable y todo. La máquina ha desapareció de mi vista en un santiamén. Me he quedado absolutamente paralizado delante del espejo sin atreverme ni a pestañear no fuera que cualquier movimiento volviera a activar mi bestia interior. Los más curiosos es que, no solamente he dejado de tener hambre, sino que una deliciosa sensación de satisfacción plena me ha hecho sentir en la gloria. Me encuentro aturdido. Todo ha sido demasiado rápido.

Recuerdo haber visto a mi padre devorando, a escondidas, algunos pequeños objetos. Lo hacía de una forma plácida, disfrutando de su momento de calma. Yo siempre he tenido claro que terminaría siendo como mi padre, pero nunca imaginé que este instinto se desataría de una forma tan bárbara. Sin duda, la borrachera descontrolada de anoche, ha funcionado como un detonante genético y ha despertado la fiera dormida que hay en mí. Mi padre ya me lo había avisado. Si levantara la cabeza me cortaría la picha y se la comería sin remilgos, pero afortunadamente, ya no puede devorar nada.

Será por la resaca, pero tengo la garganta tan seca como el esparto. Necesito beber…

Sigo siendo una caja de sorpresas. He llenado un vaso de agua del grifo y me lo he acercado a la boca. Un impulso asesino ha tensado todos mis músculos faciales y con la velocidad del rayo, he atrapado el vaso casi al vuelo. ¡Brutal es poco! He intentado controlar mis movimientos y aunque todavía siguen desbocados, creo que terminaré por conseguirlo. Estoy seguro que es un problema de simple aprendizaje. Pero lo más increíble es que he podido sentir como el agua y el vaso  me han saciado de una forma tan intensa que todavía me estoy relamiendo de puro placer. Me encuentro realmente bien.

Me estoy mirando en el espejo y veo a un devorador de objetos. Lo soy desde que nací. Podría negar la evidencia y vivir escondido como mi padre, pero no lo voy a hacer. Voy a abandonar esta maldita casa para siempre y continuaré mi camino. Hasta los tiburones se hunden en el fondo del mar si no se mueven. Estoy ilusionado. Un mundo material lleno de oportunidades me está dando la bienvenida y no las voy a desaprovechar. Soy un devorador de objetos y, para bien o para mal, ya lo he asumido.”

El frío siberiano que había estado entrando a través del hueco en forma de mujer, había convertido la habitación en un lugar estepario e inhabitable. La historia me había mantenido tan absorto que hasta que no acabé de leer la última palabra no sentí las dolorosas puñaladas del frío. Comprendí que debía moverme rápido o me tendrían que sacar con los pies por delante. Salí del unifamiliar pensando que la lección de aceptación personal que contenía aquel cuaderno, era ciertamente extraordinaria.

           Aunque todavía son muchos los propietarios que se acercan a mi despacho para preguntarme si la historia del devorador del unifamiliar 5 es cierta, yo sigo sin contestar. Si fueran espabilados, les valdría con ver la cara que pongo cada vez que alguno de ellos sale del baño de la oficina después de haber tirado de la cadena sanguinolenta que tengo colgada en el retrete.


jueves, 28 de abril de 2011

EN BLANCO Y NEGRO

Aunque los destellos de la televisión no dejaban ningún rincón del saloncito sin iluminar, nadie parecía estar viendo aquella estupenda película de risa. Ni siquiera el brillante “gag” final, consiguió que el albino del unifamiliar 97 moviera un solo músculo del cuerpo. “¡No me comprendes, Osgood! ¡Soy un hombre!”, le decía desesperado el músico quitándose la peluca. “Bueno, nadie es perfecto”, le contestaba el viejo enamorado, justo antes de la llegada del título final. Después, la habitación se quedó sumida en el silencio. Durante un buen rato no pasó nada, hasta que una mano blanca salió lentamente de las tripas del sillón y agarró la caja del dvd que estaba encima de la mesita. El albino se la puso delante de la cara y la miró atentamente. En la carátula ponía: “la mejor comedia jamás filmada”. Lo decía bien clarito y con letra grande, pero tampoco aquella película le había transmitido ni la más mínima emoción. Se quedó pensativo y decidió que al día siguiente volvería a ver “Nosferatu”. Al fin y al cabo, todas las películas le dejaban igual de frío pero desde luego, la estética “kitsch” de su vampiro preferido, era otra cosa. Se levantó y se dirigió al cuarto de baño para asearse. Delante del espejo, se desnudó. Su frágil cuerpo era traslúcido como el alabastro y a través de la piel, pudo ver como latía su corazón rojizo. Se sintió tan vacío que pensó que mataría por poder cruzar el puente que le separaba de la humanidad. Entonces, acercó la cara al espejo y abrió la boca. Unos espantosos incisivos de vampiro se asomaron al exterior. Cogió una lima de uñas del armarito y se dio otro repaso a los dientes. Una nubecilla de polvo blanquecino fue envolviendo la pálida cara del albino hasta que, por un instante, pareció  desaparecer frente al espejo.

El albino se había refugiado en un mundo en blanco y negro porque los colores le quemaban. Su casa parecía el decorado desteñido de un teatro ambulante y solamente salía para huir de sí mismo atravesando las oscuras entrañas de la tierra con su bien aprovechado bono del metro. Escondido bajo la capucha de su sudadera negra, iba de aquí para allá observando a la gente de los vagones. Sabía que era incapaz de generar sentimientos propios y se esforzaba por compartir las emociones ajenas, pero, como si estuviera viendo una de sus antiguas películas, siempre terminaba cansado de su propia indolencia. En ese instante, le invadía la irrefrenable necesidad de reforzar su imagen y se olvidaba de guardar las apariencias. Acurrucado en el asiento, se metía la lima de uñas dentro de la sombría oquedad de su capucha y empezaba a pulir sus incisivos montando un chirrido tan fenomenal que cuando los pasajeros comprobaban que aquello no tenía nada que ver con el sistema de frenado, escapaban del vagón al galope.

Pero el día del milagro había llegado. Como todas las tardes, el albino se dirigió a la boca de metro más cercana y bajó por las escaleras hasta el subsuelo. Cuando llegó el tren, entró en uno de los vagones atestados de viajeros. En seguida se fijó en un joven negro que le resultó extremadamente cómodo de mirar. Iba vestido con una reluciente camisa blanca de cuello abierto, un brillante traje negro con la punta de un pañuelo blanco saliendo de su bolsillo superior y unos zapatos negros recién encerados. Estaba sentado y llevaba una caja de terciopelo negro sobre sus rodillas. Todo era tan blanco y negro que la estampa resultaba una delicia para la vista. No como la chica que estaba un poco más allá. Se trataba de una hembra tan bien parida como la Marilyn de “Con faldas y a lo loco”, pero su ajustado vestidito rojo chillón la convertía en un puro tormento. Sin duda, el negro no pensaba lo mismo porque no podía quitarle la vista de encima. Pero el auténtico chispazo se produjo en el instante en que las miradas de los dos pasajeros se cruzaron. Algo parecido a un “big bang” lo iluminó todo. Cuando la Marilyn se bajó del vagón, el negro empezó a golpetear suavemente la caja aterciopelada con las puntas de los dedos de su mano derecha creando un curioso ritmillo musical. También el negro llegó a su parada y el albino le siguió. Salieron a la calle y, con disimulo, fue detrás de él hasta que entraron en un club de jazz repleto de gente. Allí le perdió la pista. El albino se sentó en la última mesa sin retirarse la capucha de su sudadera. De pronto, los focos iluminaron el escenario y entre el humo de los puros habanos, apareció el negro liderando su banda. Hizo una señal a sus compañeros para que lo dejaran solo y sacó una trompeta de la caja de terciopelo negro. Lo que sucedió después es imposible de explicar con palabras. La melodía más inspirada que se pueda imaginar empezó a fluir de la trompeta. Los hábiles dedos del trompetista interpretaron con maestría la pieza que había compuesto hacía solo unos minutos. Los clientes, acostumbrados a conversar mientras escuchaban de fondo clásicos de Davis o Gillespie, dejaron de hablar fascinados por la belleza de la música original que estaba sonando. Hasta el trompetista negro estaba impresionado por la facilidad con la que estaba transmitiendo al auditorio la emoción que su corazón había vivido en el subsuelo de la gran ciudad. Pero el auténtico prodigio se produjo en el cuerpo, hasta entonces deshabitado, del albino del unifamiliar 97. Los fuertes sentimientos que embargan a un enamorado, se estaban desatando en su interior como un torbellino y, por primera vez en su vida, sintió unas ganas incontenibles de reír y de llorar a la vez. No hizo nada para evitarlo. Se dejó llevar por la preciosa melodía de la trompeta y, escondido bajo su capucha, rió y lloró sin control.  

 Al día siguiente, después de su cita con “Nosferatu” y el repaso diario a sus incisivos, el albino salió de su unifamiliar y puntual como un reloj, bajó a las entrañas de la ciudad en busca del trompetista y su chica. Casualmente, los encontró en el mismo sitio del mismo vagón y en la misma postura que el día anterior. Ninguno de los dos había querido cambiar ni un ápice las circunstancias de su flechazo. El albino tomó posiciones para contemplar con atención la segunda parte de aquella historia de amor. La pareja se buscó con la mirada y compartieron una sonrisa mágica que hizo desaparecer a todos los pasajeros del vagón. El trompetista le cedió su sitio galantemente a la chica y empezaron una animada conversación que solo fue interrumpida por la voz robótica que anunciaba la llegada de la parada de la Marilyn. Cuando se despidieron, milagrosamente, el vagón se volvió a llenar de gente. El albino pudo ver como el trompetista se sentaba y, sobrado de inspiración, comenzaba a mover sus dedos sobre la caja de la trompeta como si estuviera escribiendo una carta de amor en una máquina de escribir imaginaria. La melodía que aquella noche brotó de la trompeta del trompetista fue grandiosa. El albino, sentado en la última mesa del club, pudo estremecerse hasta babear. La intensidad de la música le hizo superar todo lo vivido la noche anterior y se sintió el protagonista absoluto de aquella bonita historia de amor. Por un momento, el albino rozó la felicidad.

La noche posterior, acudió directamente al club de jazz pero el trompetista no salió a escena. Alguien comentó que esa era su noche libre, así que volvió a la siguiente. Esta vez, el albino se sentó en primera fila y el corazón le dio un vuelco cuando los focos iluminaron nuevamente la estampa del trompetista. Estaba preparado para escuchar con atención. Quería saber qué  había pasado la noche anterior. Muy despacito, el artista limpió con el pañuelo blanco la boquilla de la trompeta y se la apoyó cuidadosamente sobre los labios humedecidos. La melodía surgió con una pasión tal, que el albino empezó a sudar acalorado desde la primera nota. Sonaba voluptuosa y sensual, y el albino pudo ver claramente como el negro y la Marilyn follaban como animales. En mitad del frenesí, notó que el apéndice blanquecino que solo utilizaba para mear, se endurecía de una forma extraña y novedosa. Lo apretó con las dos manos contra el pantalón pero la tensión muscular no cedió. Se asustó mucho y se levantó tirando la silla para atrás. Encorvado y con la capucha puesta, fue sorteando las mesas en un recorrido hacia la salida que le pareció eterno. Alcanzó la calle y caminó hasta que dejó de escuchar la melodía de la trompeta. Entonces, se apoyó en la pared, abrió las piernas y se miró aliviado. El bulto se estaba desinflando. Tampoco le importó que lo estuviera haciendo tan lentamente porque, la verdad, no se podía decir que aquella transformación física hubiera sido dolorosa sino, más bien, todo lo contrario. Siguió caminando calle abajo mientras su cabeza encapuchada no paraba de dar vueltas a todos los acontecimientos vividos en los últimos días. ¿Sería capaz de generar sus propias emociones sin la intervención prodigiosa de las melodías del trompetista? Vio a una indigente sentada en el suelo y decidió hacer la prueba. Estaba vestida con unos harapos, llevaba el pelo muy pringoso y sus manos mugrientas tenían las uñas largas y sucias. Se acercó a ella y se inclinó lentamente. Sentir lástima de un ser tan miserable debía ser pan comido, pero por mucho que se esforzó, no lo consiguió. Cuando la indigente vio arrimarse a su cara aquella especie de ameba, pensó que los extraterrestres la habían venido a buscar y comenzó a retroceder arrastrando el culo hasta quedar aplastada contra la pared. El albino se acercó tanto que pudo contar todas las costras de la cara de la mendiga sin dejarse ni una. Luego, cerró los ojos y respiró profundamente su asqueroso olor, pero no sintió ni pizca de compasión. Apuró todavía más la situación. Sacó una moneda y la echó en la lata, pero tampoco sintió ningún tipo de satisfacción por la buena obra realizada. Frío como el hielo, se irguió y siguió andando calle abajo. Cuando la indigente le perdió de vista, se puso a rebuscar con la cuchara en la lata de judías que se estaba comiendo pensando que poco le hubiera costado al marciano de los cojones, echar la moneda en el plato de la limosna.  

Aquella noche, el albino no pegó ojo. Su cabeza estuvo pensando a la velocidad de la luz. El ensayo con el mendigo había demostrado que no podía generar emociones por sí solo y que dependía del trompetista. Sus inspiradas melodías le habían hecho sentir, paso a paso, lo que significaba estar enamorado, pero sospechaba que en la vida había más cosas que el amor y una idea fue tomando forma en su cerebro: si la chica desaparecía, el trompetista tendría que buscar otras fuentes de inspiración y él podría seguir experimentando sin freno. Una idea tan malvada pudo emerger sin dificultad en el ánimo del albino porque no tenía conciencia. Al fin y al cabo, la conciencia surge de la relación con los demás, y el albino vivía aislado en un mundo en blanco y negro. Sin ningún remordimiento, el albino decidió cargarse a la chica. Así de simple.

La guapa Marilyn no se podía ni imaginar que le quedaban segundos de vida. Se despidió del trompetista negro con un beso llamándole cariñosamente “angelito de Machín”, y salió del vagón del metro. En el andén, se dio media vuelta y los dos se miraron ilusionados hasta que la puerta automática cortó el mágico vínculo. No se volverían a ver. El convoy del trompetista partió de la estación y se alejó a toda velocidad por el túnel de salida. Poco después, el convoy del accidente apareció por el túnel de llegada sin poder evitar el brutal impacto. Una mano blanca había empujado a la chica del vestidito rojo a las vías y la bonita historia de amor saltó en pedazos.

El albino sin conciencia estaba delante del espejo del baño limándose los incisivos convencido de haber hecho lo correcto. Cada noche, desde el topetazo de la chica, se acercaba hasta el club de jazz esperando disfrutar de una nueva experiencia musical, pero el trompetista estaba desaparecido. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Sin embargo, algo le decía que aquella noche iba a ser especial. Puso cuidado en dejar sus dientes bien pulidos y cogió el metro en dirección al club de jazz. La mesita de su rincón preferido estaba vacía, así que se sentó y esperó. No habrían pasado ni cinco minutos, cuando los focos se movieron y apuntaron al escenario. Entre nubes de luz, apareció el trompetista perfectamente conjuntado en tonos blancos y negros. Sin decir nada, se llevó la trompeta a la boca y empezó a soplar. Las primeras notas salieron disparadas como flechas y un dolor insoportable sacudió al albino que se retorció como un perro apaleado. En ese mismo momento, pudo comprender que alguna experiencia vital del trompetista había sido tremendamente dolorosa, pero no acertó a entender el motivo de semejante daño. No hubo tiempo para más razonamientos. El trompetista continuó interpretando su triste melodía de una forma tan desgarradora que el albino sufrió un calvario indescriptible. El desconsuelo que se escondía tras cada nota de la balada se fue clavando en el cuerpo del albino como las furiosas dentelladas de una jauría de lobos. Aunque se tapó los oídos, no consiguió dejar de escuchar la trompeta. Desesperado, salió del club y echó a correr calle abajo hasta que cayó al suelo hecho un ovillo. No había escapatoria. La trompeta estaba ya dentro de su cabeza y la melodía no cesaría hasta el final. El desdichado albino que había nacido sin conciencia, murió sin comprender el terrible dolor que había causado a los demás.

La indigente de las costras en la cara, se acercó despacito al bulto negro que yacía en mitad de la calle y reconoció al marciano. Miró a su alrededor y no vio ninguna nave espacial, así que le pegó unas pataditas en los costillares y cuando comprobó que estaba bien muerto, le metió sus manos roñosas en los bolsillos. Sacó una lima de uñas que le pareció bastante corriente para ser de una civilización tan avanzada y se la guardó. Luego, sin ninguna prisa, se puso a caminar calle abajo. Iba pensando que, con un poco de esmero, podría llegar a tener las manos como las actrices de las películas en blanco y negro que veía con sus padres, cuando todavía era la princesita de la casa. 

sábado, 19 de marzo de 2011

UN CULO PERFECTO

El Energúmeno conoció el dolor muy temprano; siendo un bebé. El auténtico dolor, quiero decir. Fue una gélida noche de invierno, cuando su madre le metió dentro de la cuna, un boto de agua hirviendo con el tapón mal enroscado. Los berridos del crío no la mosquearon porque pensó que se callaría en cuando entrara en calor. Tampoco sospechó nada su padre, que llegó de madrugada con una cogorza tal, que al ver la densa humareda que envolvía la cuna, pensó que estaba ante otro numerito de magia de la bruja con la que tenía que compartir el dormitorio por eso del casamiento. Serían los propios vecinos quienes, alarmados por el asqueroso olor a fritanga que estaba invadiendo la escalera del edificio, darían aviso a los bomberos que, tras reventar la puerta equivocada, entrarían al galope hasta el dormitorio de la desdichada viejecita del piso de arriba dándole un susto de muerte. Me angustia solo imaginarlo, pero fue así. Nadie terminó por evitar que el boto de agua hirviendo se fuera vaciando lentamente sobre el cuerpecito del infeliz. A ese dolor me refería.

En uno de sus paseos por el monte, el padre del Energúmeno había visto nacer una oveja con dos cabezas y pensó que nada podría ser más prodigioso. Pero se equivocaba. Lo de la espalda de su hijo resultó ser el acabóse. Una y otra vez, lo tumbaba boca abajo, sobre la cuna, y se esforzaba por encontrar una explicación que poder contar sin pasar por loco, pero no era posible. El parecido entre la enorme quemadura cicatrizada en la espalda del Energúmeno y el osito de peluche de la cuna era, decididamente, algo asombroso. Ambos, podrían pasar por un calco perfecto, salvo por esos espantosos colmillos que le daban al osito de la espalda del bebé, el aspecto de una bestia.

El padre del Energúmeno siempre quiso creer que esa rara habilidad del niño para cicatrizar las heridas a su antojo, era obra de las pócimas y ungüentos de brujería que su madre le aplicaba desde que nació. Sin embargo, nunca durmió del todo tranquilo pensando que pudiera tener algo que ver con la mala sangre que modelaba aquellas figuras de pesadilla sobre su piel. La posibilidad de haber embarazado a su esposa con algún bichito defectuoso, le acabó haciendo sentir tan culpable, que solo sería padre una vez.

Nada de todo esto hubiera pasado, si el padre del Energúmeno no se hubiera enamorado perdidamente del culo de la bruja que sería su mujer. Ocurrió durante una clara noche de verano. Había salido a pasear por un monte cercano a su piso, cuando escuchó un extraño cántico y se escondió tras unos matorrales. En silencio, pudo observar las danzas y conjuros secretos de una bruja invocando belleza y poder a la luna llena. En un momento del ritual, la mujer se quedó inmóvil y olfateó con la intensidad del felino que ha localizado a una presa. Súbitamente, se bajó el faldón y se agachó para dejar bien expuesto su gordo trasero a la luz de la luna. El padre del Energúmeno pudo contemplar el enorme culazo de la bruja iluminado como un campo de fútbol en una noche copera. Se pellizcó con fuerza el antebrazo, pero aquel pandero, que muy bien podría estar hecho con la piel de mil elefantes, no desapareció de su vista. Un olor nauseabundo que le recordó a las bombas fétidas de su infancia, le envolvió y sintió que su vida estaba en peligro. Había que escapar, pero ya era tarde. Las tremendas posaderas de la bruja pegaron un fogonazo de luz tan brutal que el padre del Energúmeno permaneció conmocionado durante varios minutos. Cuando recuperó la percepción visual, la bruja se había esfumado. Lentamente, se puso de pie y se quedó embelesado mirando al cielo. La luna llena le pareció inmensamente bella. Nunca se había sentido así de bien. Un tsunami de gozo le había traspasado de lado a lado y supo que la preciosa hembra que le había enseñado el culo más perfecto que cualquier hombre pudiera desear, debía ser, por encima de todo, la madre de sus hijos.

Durante meses, el padre del Energúmeno no paró de contar a todo el mundo la romántica historia de su encuentro con el culo perfecto bajo la luz de la luna. Solo había que ver su cara para comprender que estaba atontado por una emoción enfermiza que tenía a sus amigos alucinados. ¿Cómo era posible que viera con tanta claridad un maravilloso culo donde solo había un trasero del tamaño de un trolebús? Y eso no era lo peor. Las sobadas nalgas de la bruja eran bien conocidas en todo el barrio por sus aventuras desvergonzadas y sus amoríos de pago. Sus buenos amigos intentaron convencerle de lo evidente pero sus palabras chocaron una y otra vez contra un pedrusco sordo y ciego. Cansados, le dejaron en paz. Todos los indicios apuntaban a un claro caso de encantamiento extremo, y así lo aceptaron.

Como en cualquier boda que se precie, en ésta también hubo banquete. El novio estaba tan hinchado de orgullo que cada vez que podía, plantaba la mano abierta sobre el culo perfecto para que todos lo vieran. Tan ciego estaba el pobre hombre, que las miradas de espanto de los invitados, se le figuraban como de pura envidia. Pero el encantamiento estaba a punto de romperse. Sucedió poco después de que la bruja, con el gordo trasero bien agarrado, metiera un tajo a la tarta nupcial de nata con la espada del restaurante. Los amigos empezaron a aplaudir sin excesiva pasión mientras la pareja se abrazaba con fuerza. Entonces, la bruja aprovechó la ocasión para colar, con disimulo, el acero entre sus cuerpos y plantar la punta de la espada en el gaznate del novio mientras le susurraba al oído que, o bien mandaba a la puta mierda a todos sus amigos allí presentes, o esa misma noche se acordaría de quien era ella. Lo dijo con una expresión tan terrorífica que el macho descolocado se cagó en los pantalones. Solamente fue necesario medio giro de la espada medieval en su garganta para que se escuchara en toda la sala un grito descomunal: “¡¡A la puta calle todos, mamones!!” Se hizo un silencio sepulcral que solo fue roto por el golpetazo de la bandeja de un camarero pasmado. Los amigos habían sido vendidos como ratas. Resignados, se fueron levantando para desfilar, en un triste cortejo, hasta la calle. Mientras el salón se iba vaciando, el padre del Energúmeno sintió como la mano de su mujer, en un gesto de plena satisfacción, se apoyaba enérgicamente sobre la suya para que le apretase bien fuerte el trasero. Se lo había ganado. Pero el culo perfecto ya no estaba allí. Sus dedos se hundieron en una masa fofa y sebosa que olía a bomba fétida. Se retorció salvajemente el antebrazo y cuando comprobó que no estaba soñando, un escalofrío de puro terror le atravesó, como otro tsunami, dejándolo paralizado. El bonito encantamiento había durado lo que cuesta estamparse contra el fondo de un precipicio.

Absolutamente entumecido y mudo por el espanto, notó como la bruja le limpiaba con el extremo de la corbata, un pegotillo de nata que todavía tenía colgando del gaznate. Le llamó “marranazo” en un tono tan cariñoso que cualquiera hubiera salido disparado como un cohete hasta llegar a los anillos de Saturno. Pero el padre del Energúmeno, contraído por el terror, no pudo mover ni un músculo. La bruja le agarró de la mano con autoridad y lo arrastró fuera del restaurante en dirección al piso que su maridito había comprado para consumar la noche de bodas. El novio no quería ir, pero su cuerpo atenazado, no respondía. Su boca se abría, como la de un pez fuera del agua, sin conseguir emitir ningún sonido. Por la calle, tieso como un maniquí, iba moviendo con desesperación sus ojos saltones, a diestro y siniestro, suplicando ayuda con la mirada, pero nadie quiso ver el drama que pasaba a su lado. Entraron en el portal del edificio y coincidieron dentro del ascensor con la desdichada viejecita del piso de arriba. Sabía que era su última oportunidad, así que se esforzó al máximo en hacerle notar que iba al matadero. Su cara de pez asfixiado, con aquellos ojos dando vueltas incontroladas como pelotas, lo decía todo, pero solo consiguió acongojar a la pobre abuelita que empezó a gritar más que el día que la operaron de apendicitis sin anestesia, durante la guerra civil.

Los hechos posteriores, se fueron sucediendo por plantas. El ascensor llegó primero a la planta de los recién casados y los dos salieron de la cabina de madera que estaba inflada por los alaridos huracanados de la vieja. La bruja despeinada sacó la llave del bolsillo del pantalón de su marido y abrió la puerta del piso. Se presentó ante ellos un pasillo oscuro como la boca de un lobo. El padre del Energúmeno se sintió tan derrotado que se abandonó a la fatalidad. Respiró hondo y atravesó el umbral por delante de la bruja, que ya se iba aflojando el faldón. Nueve meses después, nacería el Energúmeno para conocer el dolor. Mientras todo esto pasaba en la planta de abajo, el ascensor siguió su ruta y paró en la planta de arriba. La pobre viejecita, que seguía gritando como una loca, salió despavorida para estamparse contra el extintor de la pared que frenó en seco su correteo senil. Los médicos que acudieron a socorrerla le avisarían que su débil salud no resistiría otro susto parecido. Pobre desdichada.

Con el paso del tiempo, la vida del padre del Energúmeno se convirtió en un infierno tan insufrible, que un día le suplicó a su mujer que hiciera la magia que fuera necesaria para permitirle vivir el resto de sus días, de dos en dos. A la bruja todavía le quedaba algo de compasión y el hombre terminó sufriendo en esta vida, la mitad de lo que le había tocado en suerte. Cuando llegó su hora, ninguno de sus amigos dio un paso adelante. La verdad es que ni siquiera recordaban ya el nombre del imbécil que los había vendido por una bruja de corazón duro y trasero blando.  

lunes, 7 de marzo de 2011

LAS PIERNAS DEL CORREDOR

          Como sucedía todas las mañanas, el corredor del unifamiliar 93 se despidió de su madre y salió a entrenar por el monte cercano a la urbanización. Sin embargo, aquel día, no regresó a la hora de comer. Cuando su madre se cansó de mirar los dos platos vacíos sobre la mesa del comedor, subió a la última planta y se acomodó junto a la ventana. Durante horas, no apartó la vista del camino, pero su hijo no apareció, así que cansada de esperar, salió de su casa y se adentró sola en el monte. Se había puesto el vestido más negro que había encontrado en su ropero porque presagiaba algo malo. Recorrió todos los senderos gritando el nombre de su hijo tantas veces y con tanta fuerza que los propietarios de la urbanización pudieron seguir la batida desde sus casas, sin mover un solo dedo. Cuando la incansable voz que llegaba del monte, de pronto, enmudeció, toda la urbanización, como si fuera un estadio antes del lanzamiento de un penalti, se paralizó. Aquel mal silencio sobrecogió a los propietarios que espoleados por un repentino sentimiento de culpa empezaron a pensar que, tal vez, sus quehaceres domésticos no eran tan importantes después de todo. Más de uno, empezó a susurrar impaciente el nombre del chaval, pero la esperada voz de la madre ya no volvió a resonar y todos supieron que, definitivamente, la búsqueda había finalizado. El bulto negro y cansado que durante horas había estado gritando el nombre de su hijo, solo tuvo fuerzas para soltar un ruidito ahogado antes de caer de rodillas en mitad del cortafuegos, justo bajo unas zapatillas de correr que colgaban sobre un cable de alta tensión a más de treinta metros de altura.

            Un buen amigo me había planteado días atrás, un inocente comecocos que me estaba volviendo loco. Se trataba de determinar si una mosca que estaba volando dentro de un avión en dirección a la cola, ocasionaba algún tipo de peso o resistencia dentro del aparato que, a su vez, estaba en pleno vuelo. No me explico como una bobada así, me pudo mantener tantas noches sin dormir pero el asunto me llegó a obsesionar. Recuerdo estar sentado sobre la taza del retrete tirándome desesperado de los pelos aplicando y desaplicando estúpidas teorías físicas. Aquella noche, hasta me pareció escuchar dentro de mi casa el zumbido de la maldita mosca de avión. Pero no era la mosca, sino el teléfono. Cuando descolgué, todavía tenía la cabeza llena de fórmulas y flechitas. Era la madre de negro. Se disculpó por la hora intempestiva de la llamada y tras contarme la misteriosa desaparición de su hijo, rompió a llorar. El llanto me sacó de la pesadilla insectívora en la que andaba metido. Miré por la ventana. Empezaba a amanecer. Tocaba vestirse apropiadamente para entrar en un monte, así que me olvidé del traje con corbata y me puse los vaqueros ajustados de los conciertos de rock.

            Efectivamente, las zapatillas de correr, unidas por los cordones, se balanceaban en el lugar exacto que me había indicado la madre. Allí arriba, solo había preguntas así que bajé la mirada y empecé a rebuscar por el suelo. Entre los matorrales, descubrí las huellas dejadas por unas ruedas de bicicleta. Estaba sacando unas fotos con mi cámara digital, cuando un destello me llamó la atención. Era un diente de sierra, y a su lado, nada menos que un dedo. Sí, sí, un dedo. En cualquier película barata de terror, aquel dedo índice se hubiera puesto en marcha y no hubiera parado hasta cometer alguna fechoría. Yo no creo en esas chorradas, pero por si acaso, agarré una rama y le metí más palos que a una estera. Cuando estuve seguro de que el apéndice perdido no causaría ningún problema, me lo eché al bolsillo.

             El Comisario, un tipo más chulo que un ocho, recogió la prueba humana a regañadientes. En cuando comprobó que aquel dedo envejecido no podía pertenecer al joven desaparecido, intentó pasar del asunto alegando que cualquier persona mayor de edad era libre para largarse, en cualquier momento, a donde quisiera. Tuve que insistir lo indecible para que el ocho del Comisario se decidiera a convocar a todos los propietarios de mi urbanización a una rueda de reconocimiento. Si el dedo perdido no pertenecía al corredor, su dueño no debía andar muy lejos.

El día señalado, todos los propietarios, como si estuvieran en el patio de un campo de concentración nazi, se ordenaron en el recinto de la piscina según el número de unifamiliar. Antes de comenzar el recuento de dedos, el Comisario se atusó el bigotito de domador y me susurró al oído que más me valía que todo aquel jaleo mereciera la pena o se me caería el pelo. Le sonreí confiado. Desde luego que iba a merecer la pena. A una señal del Comisario, todos los vecinos levantaron sus palmas y empezamos la prueba que, sinceramente, no tenía ningún misterio. El Comisario iba contando los dedos en alto mientras yo tomaba las anotaciones correspondientes. El dichoso numerito “diez” se fue repitiendo una y otra vez. Diez, diez, diez, diez… Poco a poco, empecé a sentir como si me fuera desinflando. Cuando el último vecino de la urbanización nos mostró su decena de dedos, yo ya no debía levantar más allá de un palmo del suelo. Había metido la patita hasta el fondo. Entonces, el Comisario me voceó desde las alturas que después de aquella melonada, entendiera el caso completamente cerrado y me lanzó el enorme dedo para que, según dijo, me lo metiera por el culo.

Tardé varios días en recuperar mi tamaño natural. Durante ese tiempo, no dejé de pensar que, tal vez el Comisario tuviera razón y que el chaval podría haber escapado voluntariamente de su casa. Nadie dijo que la presión de la competición deportiva, fuera fácil de soportar. Con un par de pelotas, me atreví a soltar tal insinuación delante de su madre, y casi se me come: “¡Usted es el único que está loco aquí! ¡Cómo se atreve a decir esto en mi propia casa! ¡Mi hijo no se ha ido a ningún sitio!”. Hasta ese momento, nuestra conversación había sido de lo más cordial. Sentados en mitad de un salón repleto de vitrinas con trofeos y recortes de periódico convenientemente enmarcados, habíamos estado charrando sobre las proezas deportivas del chaval. Después de aquella muestra de genio maternal, la mujer se calmó y me miró a los ojos: “Perdone, pero no debería hablar sin saber lo que dice. Hay muchas cosas que desconoce.” Salió del salón y trajo un jarrón bastante feo que puso sobre la mesa. “No quiero que piense que solamente soy una madre desequilibrada, así que le voy a contar una historia que casi nadie sabe. Verá, mi hijo nació unido por la cadera a un hermano gemelo. Un hermano siamés con el que compartía las piernas. Como si se tratara del juicio de Salomón, el médico me informó que había que cortar por la mitad o morirían los dos. No se trataba de matar a uno, sino de salvar al otro. Soy madre soltera y nunca me he sentido tan sola como entonces. Estaba bastante confundida, cuando un estudiante de farmacia me propuso un plan. No sé como pude acceder pero entonces me pareció buena idea. Los propios siameses iban a elegir quien vivía y quien no. El chaval sujetó del techo de la habitación del hospital un sonajero que colgaba justo en el medio de los cuerpecitos. Los dos tuvieron las mismas oportunidades para estirarse y tocarlo, pero solo el más capaz, lo consiguió. En fin…fue un momento muy triste. Y ahora, imagínese el esfuerzo que durante toda su vida ha tenido que realizar mi único hijo para llegar hasta donde ha llegado. A ser el mejor. Su vida es la historia de la superación personal más increíble que se pueda contar.” Me enseñó una foto de su hijo donde lucía unas piernas perfectas de atleta. ¿De verdad cree que mi hijo ha huido ahora que estaba en la cumbre? “No. No lo creo”, le contesté boquiabierto. La madre, que desde el día de la desaparición no había dejado de vestir de negro, prosiguió: “La última vez que estuve con el estudiante fue cuando me entregó esta urna funeraria y nunca más lo volví a ver.” Miré el jarrón feo y sin pensarlo dos veces, me levanté y lo agarré. Intenté quitarle la tapa pero estaba herméticamente cerrada. La madre se abalanzó sobre mí gritando que dejara en paz los restos de su hijo. Forcejeamos como fieras. En mitad de la pugna, la urna funeraria cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Un aroma infantil a fresa nos envolvió a los dos. Me chupé un dedo, lo metí entre los restos y me lo llevé a la boca ante los ojos espantados de la madre que pensó que estaba en presencia del mismo demonio. Entonces grité: “¡¡Es sidral...!!”, y la madre de negro cayó de rodillas igual que la tarde que encontró colgadas las zapatillas de su hijo.

Si alguna cosa estaba clara en aquel momento, era que el segundo siamés estaba vivo y no tenía piernas, así que me dirigí hacia el centro ortopédico más importante de la ciudad y aparqué frente a la puerta. Solicité un catálogo de sillas de ruedas y empecé a hojearlo. Las fotografías publicitarias me dejaron impactado. Daban ganas de ser un tullido para poder disfrutar del confort de semejantes maravillas. El tipo “paraíso” era la caña. Un modelo profesional de piernas perfectamente torneadas, vestido con una camisa hawaiana, estaba sentado sobre una colorida silla de ruedas situada a la orilla del mar. Su sonrisa blanqueada y el dedo pulgar levantado invitaban a darse una ostia con el coche para poder disfrutar de semejante lujo para toda la vida. Y qué comentar del tipo “diábolo”. Una ardiente modelo vestida con una ajustada malla negra rematada con unos cuernos rojos, me guiñaba un ojo desde su estupenda silla roja colocada delante de unas llamas infernales de pega. Más morbo, imposible. Me llamó la atención el dibujo de las cubiertas de las ruedas de este tipo de silla. Eran igualitas a las de mis fotos. Llamé a la dependienta. Le enseñé el recorte de un periódico deportivo y le pregunté si recordaba haber vendido una silla de ruedas del tipo “diábolo” a una persona sin piernas muy parecida a la de la foto. Entonces, me di cuenta de lo macizorra que estaba la zagala. Sus pechos gordos se asomaban por la abertura de su camisa escotada sin ninguna vergüenza. Con el descaro de la juventud, me miró el paquete. “Sí, lo recuerdo”, susurró mientras se mordía el labio inferior sin apartar la mirada. Estas cosas no me pasan todos los días, así que me miré intrigado la entrepierna y entendí el motivo de tamaño interés. El dedo índice que llevaba en el bolsillo, y que a estas alturas estaba más tieso que un palo, se marcaba claramente en mi vaquero ajustado de los conciertos de rock, dándome el aspecto de un torero empalmado. Tuve una ocurrencia y me eché a reír solo. ¿Alguien puede llegarse a imaginar la cara que puso esa dependienta al ver salir, poco a poco, el dedo fiambre a través de la cremallera de mi pantalón? Sencillamente, brutal. Su capacidad pulmonar fue, como todo parecía indicar, descomunal. Tanto, que desde el interior del coche, aún pude seguir escuchando el espantoso alarido sostenido que estaba pegando la cernícala. Fue perfecto. Me había reído como un tocino y además, tenía la dirección del siamés sin piernas, así que arranqué el motor y me puse en camino con un dedo muerto colgando de mi bragueta.

Estaba delante de la puerta de una casa tan sombría y aislada del mundo que daba miedo. Me quedé parado. Aquel era el punto sin retorno de mi aventura. Si entraba en la casa, no habría vuelta atrás; tendría que apechugar con las consecuencias. Me acordé de la madre desconsolada y sentí que debía continuar. Llamé al timbre. La puerta se abrió y entre la penumbra, apareció la figura del corredor. Llevaba una camiseta y un pantalón corto de deporte que dejaban ver sus atléticas piernas de campeón. No había ninguna duda; era él. ¡Le había encontrado! Sentí una inmensa emoción. Di un paso decidido hacia delante y le abracé con tanta efusividad que lo levanté manteniéndolo suspendido en el aire. “Dios mío, estás aquí. Tu madre se va a llevar la mayor alegría de su vida”, le dije apretando con fuerza. Pero una extraña voz de bebé adulto, me preguntó al oído: “¿Todavía vive la guarra de mi madre?” En ese momento, las piernas musculosas se desencajaron del pantalón de deporte y cayeron a ambos lados del cuerpo produciendo un ruido sordo que me dejó pasmado. Sobrecogido, solté el bulto. El siamés sin piernas cayó al suelo boca arriba y empezó a moverse como una cucaracha aturdida. Intentando de forma frenética, que esa espantosa cosa no me rozara, tropecé en la oscuridad con algo que lentamente se fue desplazando hasta quedarse parado justo bajo el único punto de luz del habitáculo. Ante mí, apareció de forma teatral, el siamés deportista sentado sobre una reluciente silla “diábolo”. Sin piernas y con un sonajero metido en la boca, estaba más fiambre que mi abuela. La cólera me cegó. Furioso, enganché por la pechera al único siamés vivo y lo levanté como si fuera un juguete roto: “¡¡¿Por qué, desgraciado? ¿Por qué?!!” Entonces, el inválido me miró poniendo cara de niño bueno y me dijo con una vocecilla: “Él se llevó mis piernas. Eran mías y él se las llevó”. La tristeza absoluta de aquella mirada me atravesó como un tiro. Todavía me conmueve su recuerdo. No puedo decir nada más.

Nunca un caso me había dejado tan tocado. Tenía la certeza de que alguna pieza no encajaba pero me faltaban las fuerzas para seguir. ¿Cómo era posible que un mutilado hubiera podido subir por una torre de alta tensión para colgar unas zapatillas de deporte a más de treinta metros de altura? Desde luego, un siamés sin piernas no. Pero estaba cansado y decidí olvidar el asunto para siempre. Una noche, la mosca de avión volvió a colarse en mis sueños. En esta ocasión, la cazaba con la mano y la pinchaba con un alfiler sobre la mesa para cobrarme una justa venganza, pero por más que me empeñara en arrancarle las patitas, siempre le volvían a salir hasta completar sus tres pares reglamentarios. Me desperté sofocado, y de pronto, todo se iluminó. ¿Cómo no había caído antes? ¡El Farmacéutico que vivía en la misma urbanización, tenía seis dedos en una mano! Este detalle, que tampoco le había pasado desapercibido al psiquiatra del caso del tren fantasma, era la clave. Por eso, pudo superar la prueba del recuento de los dedos sin problemas. Y quien sino el Farmacéutico en su época estudiantil, podría haber ideado el plan del sonajero y se hubiera atrevido a cambiar un siamés sin piernas por una urna funeraria llena de sidral de fresa. La tentación de poder disponer de un ejemplar digno de estudio solo para él, debió ser demasiado fuerte. Y por supuesto, sin su ayuda, no habría sido posible la desaparición del corredor. Me asomé por la ventana. Empezaba a amanecer. Fui al baño y me miré en el espejo. Mi aspecto no podía ser más lamentable. La maldita mosca de avión había vuelto a hacer de las suyas. Pero eso era lo de menos. Tocaba vestirse apropiadamente para entrar en una farmacia peligrosa, así que me olvidé de los vaqueros ajustados de los conciertos de rock y me puse las mallas de leopardo de los conciertos punkarras.

Fui el primero en entrar en la farmacia y de un puñetazo, planté el desventurado dedo índice en el mostrador. “¡Creo que esto es suyo!”, le dije al Farmacéutico de forma rotunda. Él ni se inmutó. No tenía nada que temer. Sabía que el caso estaba bien cerrado. Es más, diría que estuvo soberbio. “Gracias. Las motosierras nunca han sido lo mío”, dijo con aplomo, y sin retirar su mirada de la mía, continuó: “Por cierto, tiene una cara horrible ¿puedo darle alguna cosilla para dormir mejor?” Tanta confianza, me dejó descolocado. No supe qué decir y aparté la mirada. Mi primer golpe de efecto se había estrellado contra un muro y me sentí enormemente cansado. Pensé que había sido un error entrar en la farmacia. Abatido, me dirigí hacia la puerta de salida. Me estaba retirando. Pero me paré en seco. Yo también podía ser malo. Ensombrecí el gesto y me volví repentinamente para mirar al Farmacéutico directamente a los ojos: “Dígame una cosa. Si una mosca está revoloteando dentro de un avión en dirección a la cola ¿ocasionará algún tipo de peso o resistencia en el avión que está en pleno vuelo?” El tendero torció el gesto como si le hubiera pegado un puñetazo en la barriga. Durante un largo rato, se quedó pensando absolutamente ensimismado y finalmente, me preguntó sumiso: “¿Lo…lo…ocasiona?” Su balbuceo lento y entrecortado dejó escapar un tono de súplica que me supo a gloria. No dije nada. El Farmacéutico perdió los nervios y me empezó a llamar a gritos desde el mostrador, pero yo seguí sin decir nada. Entonces, me di media vuelta embriagado por el confuso placer que proporciona una victoria inesperada, y salí de la farmacia dejándole en compañía de un gusano cerebral de cojones.




domingo, 27 de febrero de 2011

PINGÜINOS




Justo a las tres menos cinco de la tarde, la temible figura del Afilador apareció recortada sobre el cielo azotado por el viento. Protegido por un sombrero de cowboy y una larga gabardina ocre, esperó a las afueras de la urbanización que yo administraba. Cuando escuchó la primera campanada de las tres que tocaría el Monaguillo, se lanzó a lomos de su bicicleta y tomó la plazoleta central por sorpresa. El pánico se apoderó de todos los propietarios que corrieron a encerrarse en sus casas. El Afilador descabalgó de la bici y plantó ruidosamente sus sucias camperas contra el suelo. Soltó un escupitajo insolente que el viento deshizo en pedazos y sonrió. Sabía que mientras llevara al demonio dentro, sería invencible. Después, metió la mano dentro de la gabardina que revoloteaba como una bandera deshilachada, sacó su armónica y después de chuparse los labios resecos, empezó a tocar la escala de forma ascendente y descendente para que todos los vecinos supieran que el Afilador había llegado. Mientras tocaba, sus ojos buscaban lentamente de aquí para allá, escondidos bajo la sombra inmóvil del sombrero. Cuando comprobó que las últimas mujeres y niños habían desaparecido de su vista, el Afilador dejó de tocar y ejecutó limpiamente el trabajo que lo había traído hasta la urbanización. Cuando hubo acabado, se montó sobre su bicicleta y cabalgando, desapareció entre las bolas de arbustos secos que pasaban empujadas por el viento, sin atreverse ni a rozarlo.

A esa misma hora, yo estaba comiendo con el peor de mis mejores amigos, en un restaurante tan refinado que hasta el whisky escocés lo servían con cubitos de hielo de agua mineral traída de Escocia para no alterar su pureza. La cuenta iba a ser de escándalo pero ese no era mi problema porque yo era el invitado. A mi amigo tampoco pareció importarle demasiado y le pegó un repaso generoso a la carta. Rodeados por las carnes más sabrosas y los mejores vinos de la bodega del local, hablamos animadamente de los viejos tiempos. Todo me sonaba más rancio que un cachete de 007 en el trasero de una “bondgirl”. Aún así, la velada fue agradable. Agradable, hasta que llegamos a los postres. Ocho payasos cogidos de la mano irrumpieron en el comedor y pasaron entre las mesas repletas de clientes. El exagerado detalle del restaurante no pareció gustarle demasiado a mi amigo. Sin embargo, yo estaba dispuesto a pasármelo chachi. Uno de los payasos preguntó en alto: “¡¿Cómo están ustedesss?!”, y todos los clientes del salón gritamos al unísono: “¡¡¡Biennnnnn!!!”. Entonces, los ocho payasos se acercaron a nuestra mesa y uno de ellos señaló a mi compañero: “¡Todos bien, no! ¡En esta mesa hay un desgraciado moroso que debe mucho dinero, ¿no es verdad?!” Me fijé con atención en el payaso que lanzaba su dedo acusador. En medio de su camiseta de colores, se podía leer “el cobrador de la risa.” La cara de mi amigo palideció y comprendí que estábamos jodidos. Nuestra mesa redonda se convirtió en una diana y todas las miraditas se nos clavaron como dardos envenenados. El peor de mis mejores amigos no sabía donde esconderse y pensó que ir a mear sería buena idea. Se levantó decidido, pero los payasos lo estrujaron más que a un torero dando la vuelta al ruedo. La chirigota en masa, chocó contra la puerta del baño. Allí, mi amigo forcejeó como un campeón y consiguió entrar solo. En la intimidad, se miró la colilla empequeñecida por la tensión y comenzó a mear. Viendo tan triste panorama, pensó que "hacer aguas menores" era el término justo que definía su acto. Prolongó la meada todo lo que pudo pero, inevitablemente, tras la última gotita, tuvo que salir y mi amigo volvió a la mesa tan envuelto de payasos como se había ido. No había escapatoria y se derrumbó entre lágrimas. Los despiadados payasos también se pusieron a llorar lanzándonos unos chorrillos de agua que nos pusieron perdidos. Nuestro aspecto de personas escupidas hubiera sido digno de lástima, pero en lugar de eso, las carcajadas de los clientes del comedor aumentaron de intensidad ahogando cualquier asomo de compasión. Sin duda, la estaban gozando contemplando nuestro vía crucis circense. Mi amigo me contó que estaba en la ruina y que iba a comenzar un trabajo que no le haría sentir demasiado orgulloso. Sin embargo, su cara se encendió ilusionada cuando comentó que había preparado una oposición de Hacienda. “Estoy seguro que el examen de mañana, cambiará mi vida de forma radical.” Mientras tanto, apareció el camarero con la cuenta y casi me caigo de culo. Era tan astronómica que hubiera sido más barato comprar el restaurante y expulsar a los payasos por el derecho de admisión. Mi amigo rebuscó exhaustivamente por los bolsillos, pero, a estas alturas, todo el planeta habitado sabía que no llevaba ni un clavel. El caso es que yo no había traído mi tarjeta por expreso deseo de mi amigo “que se iba a hacer cargo de todo” y desde luego no llevaba esa barbaridad encima. La situación era complicada. Y para colmo de males, ahí estaban los “cobradores de la risa”, grandes profesionales, que no paraban de reírse espasmódicamente de nuestra desgracia, contagiando el jolgorio a todos los clientes del restaurante. Hasta el camarero nos tuvo que indicar por gestos que le siguiéramos porque no podía hablar de la risa. Salimos del comedor y le acompañamos a la salita del bar donde el dueño del restaurante, un tipo clavadito al Padrino, nos estaba esperando junto a un matón que se golpeaba la palma de la mano con el puño. Curiosamente, ninguno de los dos se reía ni lo más mínimo. La puerta se cerró de golpe. El momento fue tan tenso que hasta los ocho saltimbanquis, que nos seguían como una sombra, se callaron en seco. En pleno silencio, sonó mi móvil. El dueño me miró muy serio y le sonreí nervioso mientras colgaba a tientas. Aquellos minutos me parecieron una eternidad. Finalmente, elevó lentamente la mano y señaló a los payasos que llevábamos pegados como una lapa. Con un tono de voz arrastrado nos amenazó con llamar a “los pingüinos del moroso” si no pagábamos de inmediato. Me puse a temblar. No era posible imaginar un infierno peor que un grupo de payasos y otro de pingüinos persiguiéndonos a la vez, así que escribí mis datos personales sobre una servilleta de papel que decía “gracias, vuelva pronto” y prometí que, efectivamente, volvería pronto para dejar saldada toda la deuda. El dueño fue compasivo y nos dejó salir del restaurante solamente con los payasos, así que, el peor de mis mejores amigos, yo, y los ocho idiotas, enfilamos la calle más apretados que una piña. Aquello era tan insufrible que aproveché la primera oportunidad que tuve para desmarcarme apresuradamente. El peor de mis mejores amigos, cabizbajo, continuó calle abajo con las ocho maquinitas de la risa tan pegadas a su oreja que ni se enteró cuando me despedí de él deseándole suerte en el examen.

De camino a la oficina, no podía dejar de darle vueltas a la cabeza. En vísperas del examen de su vida, el peor y más arruinado de mis mejores amigos, me invita a comer al restaurante más caro de la ciudad y pide, prácticamente, la carta completa, cuando tenía que estar empollando como un enano. Pensé que todo aquello no tenía sentido y decidí olvidar el asunto. En ese momento, volvió a sonar el móvil. Esta vez, pude descolgar. Era la abuela de los 157 años. Estaba muy alterada porque no conseguía hablar conmigo. Me contó que el Afilador acababa de estar en la urbanización y me quedé horrorizado. Hace un año, cuando todavía el Afilador era un desconocido para todos, ya se acercó a la plazoleta central tocando su armónica. El familiar soniquete congregó a todos los propietarios de la urbanización a su alrededor. Se trataba de una demostración comercial sin compromiso y el Afilador pidió un voluntario. La incauta viejecita del unifamiliar 18 se acercó hasta la bici con un cuchillo de cocina que tenía el filo como un churro. El Afilador lo pasó con destreza por la piedra de esmeril y cuando estuvo suficientemente afilado, cogió a la vecina por el gaznate y, al grito de “muerte a la piel roja” la fileteó sin tocar ni un hueso, con una limpieza de corte tal, que nadie  podría negar que aquel cuchillo era el resultado de un trabajo bien hecho. Como era de suponer, en lugar de amontonarse los propietarios alrededor de la bici para afilar sus viejos cuchillos, se produjo una espantada salvaje que dejaría atrás, como no podía ser de otro modo, a las mujeres y a los niños. Para evitar que los vecinos de la urbanización fueran pillados nuevamente por otra visita sorpresa del Afilador, los descerebrados que componían la “Agrupación Pacífica con Antorchas”, todos ellos hombres, se reunieron y tras largas deliberaciones, establecieron una norma: el Monaguillo debería dar tres toques de campana en señal de alerta en cuanto viera asomar el morro al Afilador. Sin duda, una medida tremendamente eficaz, siempre que al Afilador no le diera  por aparecer justo a las tres. En cuanto a lo de ceder el paso a las mujeres y a los niños en caso de estampida, los machos de la Agrupación, se esforzaron en alcanzar un acuerdo claro y expreso, pero todo se quedó en agua de borrajas.

La abuela de los 157 años me contó que esta vez, nadie había resultado fileteado, pero que había podido ver, sin dificultad para su avanzada edad, como el Afilador salía del unifamiliar 13 guardándose una cámara digital en el bolsillo de la gabardina antes de esfumarse en su bicicleta. Por la noche, llamé por teléfono al propietario de este unifamiliar. Era catedrático universitario y había estado trabajando durante todo el día en la facultad. Le pregunté si echaba de menos una cámara de fotos o cualquier otra cosa de valor y me dijo que no. Entonces, le pregunté si podría tener algo importante dentro de la vivienda. Tras ausentarse unos segundos del teléfono, escuché el ruido que hace el papel cuando se agita y gritó: “¡Las preguntas de la oposición de Hacienda de mañana!”

Empecé a ver demasiadas casualidades y todas empezaron a dar vueltas embarulladas dentro de mi cabeza. Para aclararme, corté unos trocitos de papel y escribí una idea en cada uno de ellos. Como por arte de magia, la cara del peor de mis mejores amigos fue tomando forma. Él debía saber que la persona que guardaba las preguntas del examen, vivía en una comunidad que yo administraba. Solo había tenido que encargar al Afilador que fotografiara las preguntas del examen dentro del unifamiliar 13 y,  después, invitarme a comer a la misma hora para mantenerme bien alejado del escenario de los hechos. ¿Y por qué al restaurante más selecto de la ciudad? Está claro. ¿Alguien se negaría? Me quedé mirando todos los papelitos que estaban sobre la mesa. Escribí “tonto” en otro y lo puse junto a los demás. Conmigo, el puzzle ya estaba completo.

La llamada que esperaba recibir del peor de mis mejores amigos, solo tardó tres semanas en producirse. Me pidió vernos para comer y le dije, rotundamente, que no, pero mi amigo me imploró de tal forma que no supe negarme de nuevo. Eso sí, esta vez, el restaurante lo elegí yo. El peor de mis mejores amigos se tomaría el whisky con cubitos de hielo de agua del grifo, como debe ser. Al llegar, le saludé sin contemplaciones: “Hola, funcionario de mierda.” Él se quedó perplejo: “¿Funcionario? ¡Pero si suspendí como todos!” Su aspecto era espantoso y su mirada absolutamente sincera. Y ese “como todos” sonaba a la desgastada justificación que sale de las tripas de un opositor fracasado. No parecía haber espacio para el engaño. Me costaba reconocerlo, pero mi teoría podía estar haciendo aguas. No tardé mucho en darme cuenta. Efectivamente, mi amigo no tenía nada que ver con la entrada en la urbanización del Afilador. Solo me quedaba pedirle perdón. Con humildad, así lo hice. Entonces, él bajó la mirada y me dijo que, por favor, no me disculpara, porque haría más difícil el trabajo que, en realidad, había venido a ejecutar. Fue tan seco que me dejó helado. Tampoco mentía ahora. “Tú serás el primero”, dijo y se agachó para abrir una bolsa de deporte que estaba a sus pies. Cerré asustado los ojos y cuando los abrí, me llevé una sorpresa morrocotuda. Ante mí, apareció, nada menos que un pingüino gigante. No salía de mi asombro. El pingüino me preguntó si podía cerrarle la cremallera de la espalda y obedecí como un niño. Después, dio unas palmotadas con las aletas y entraron en el comedor otros siete más. Todos los clientes del restaurante se levantaron entusiasmados de sus asientos para ver el espectáculo de “los pingüinos del moroso”. Entonces, recordé que tenía una deuda pendiente y que había olvidado pagarla. Pero ya era demasiado tarde para lamentaciones. El escarnio público había comenzado. Los pingüinos me rodearon, y mi amigo traidor y sus siete compañeros me humillaron como a un cristo, realizando, en líneas generales, un trabajo impecable.

 De una plaga de pingüinos no se libra nadie sin pagar. Yo lo hice a tocateja. El Padrino se tomó su tiempo para contar todos los billetes. Tuve que hacer un esfuerzo para no soltar el lagrimón sabiendo que algunos de ellos, iban a pasar al bolsillo del amigo traidor que tan bien había sabido ganarse su comisión. Porque era de justicia reconocer que su maquiavélico plan había funcionado a la perfección. Imaginarme al peor de mis mejores amigos reunido con el Padrino planeando su tramposa y carísima invitación, me hacía sentir como un imbécil. Desde luego, los payasos iban a cobrar la deuda que le reclamaban pero, con la oposición de Hacienda cateada, ¿quien sería el siguiente amigo de su lista en caer? En fin…solo esperaba no tener que cruzarme con él nunca más. Ni con él, ni con un pingüino, claro. ¡Qué equivocado estaba!

 Estando una mañana en las oficinas de Hacienda, alguien me aconsejó que me pusiera en la fila de la ventanilla 6 porque era muchísimo más rápida que las demás. Y así fue. En un suspiro me planté delante del funcionario para discutir la devolución del dinero que me habían cobrado de más. El ambiente se fue caldeando y, de repente, el funcionario me apuntó con un cuchillo perfectamente afilado que había sacado del bolsillo de su gabardina ocre. En su mirada pude ver al demonio. “Creo que no lo ha entendido bien. Todo está correcto.”, me dijo. Su mirada diabólica me atravesó para llamar al siguiente de la fila. Me retiré andando muy despacito hacia la puerta de salida. ¡No lo podía creer! ¡Aquel funcionario era el Afilador! Se había hecho con las preguntas de la oposición y ahí estaba: en la ventanilla 6 de Hacienda. Definitivamente, mi amigo traidor y el Afilador no se conocían. Todo era muy simple. Tan simple que sentí mi amor propio herido por no haberme dado cuenta desde un principio. Entonces, tuve una idea muy borde y sonreí maliciosamente. ¿Qué pasaría si los dos se conocieran? Realicé una llamada de móvil: “¿Los pingüinos del moroso?...sí…sí…necesito a los ocho dentro de un rato…sí…durante el café del funcionario…en la cafetería de Hacienda. El moroso responde al nombre de el Afilador…no…no…no significa nada…un nombre como otro cualquiera…vale, conforme.” Colgué y me quedé mirando el móvil satisfecho. Elegí un banco de la calle que tenía unas vistas inmejorables a la cristalera de la pequeña cafetería de Hacienda y me senté a esperar. El mal bicho del Afilador no tardó en aparecer al otro lado del cristal para pedirse el café de media mañana. Casi al momento, una furgoneta aparcó detrás de mí y bajaron los ocho ocupantes enfundados en sus peludos trajes de faena. El peor de mis mejores amigos y el resto de los pingüinos pasaron a ambos lados del banco sin reparar en mí, y entraron en la cafetería decididos a ganarse su comisión. No perdieron el tiempo. En un alarde de buen hacer, comenzaron a cabrear al Afilador dando vueltas a su alrededor mientras le soltaban collejas al grito de “moroso”. Si querían tocarle las pelotas, nada podía ser más eficaz que parecer una tribu de indios majaras. ¡Qué valor! ¡Qué desprecio a la vida! Estaba entusiasmado. Me puse de pie y empecé a aplaudir a los valientes pingüinos, pero mis aplausos apenas duraron el tiempo que tardó en encabronarse el demonio que el Afilador llevaba dentro. Entonces, se llevó la mano al bolsillo de su larga gabardina ocre y convirtió el mejor cuchillo de su colección en una intangible ráfaga de luz certera que estampó la cristalera con montones de viscosos pegotes sanguinolentos revueltos con pelos sintéticos de pingüino. Todo fue muy rápido. Al momento, la puerta se abrió y apareció el Afilador ajustándose el sombrero de cowboy. Me quedé petrificado delante de su imponente figura. Intenté pasar desapercibido adoptando una de las típicas posiciones de seguridad que figuran en los manuales de supervivencia. Aunque intenté mimetizarme con el entorno, me descubrió enseguida y se acercó a mí. Quería mi móvil. Dócil, se lo puse en la palma de la mano y volví a mi posición de árbol tipo conífera baja. Cuando comprobó que mi última llamada realizada había sido a “los pingüinos del moroso”, me clavó su mirada endemoniada y sentí el hormigueo del que sabe que va a morir en breve. Una palmada indulgente me dejó descolocado pero seguí firme sin mover ni una hoja. “Buen trabajo, vaquero. Todos los sucios indios han caído en la trampa”, dijo, y se retiró un poco la gabardina para que viera las ocho cabelleras de pingüino que colgaban de su cinturón de cuero de vaca. ¡Jope! ¡Brutal! Aún así, no alteré ni un milímetro la pose vegetal que tan buenos resultados me estaba dando. Más tieso que un palo, pude ver como el Afilador respiraba profundamente satisfecho mientras lanzaba la mirada lenta y altiva del que ha vencido en una batalla. Después, se montó sobre su bicicleta y desapareció al galope en dirección a las montañas, de las que no debió bajar ni para aprobar una oposición de Hacienda con las respuestas en el bolsillo.